El sol comenzaba a descender con lentitud para perderse
finalmente en el lejano horizonte. Ella, como cada día desde que era niña, lo
observaba desde la ventana de sus aposentos, pensando en lo hermoso que se veía
el ocaso desde allí. Para ella, no era simplemente la habitual puesta de sol, sino
que era el preludio a su momento favorito, cuando podía ser ella misma y su alma
era libre por fin: la noche. Y justo esa misma noche, sería luna llena. Para
cualquier persona normal, el plenilunio no tenía nada de especial, pero ella no
era una persona normal. Ella tenía un secreto que guardaba profundamente en un
rincón de su corazón, del que nadie sabía su existencia, ni siquiera sus
padres. Impacientemente esperó a que el sol se pusiera por completo y,
entonces, un manto de oscuridad cubrió totalmente el cielo. Las estrellas
brillaban en lo alto, compitiendo por quien era la más luminosa y allí, en
medio de todas ellas, con una tez blanquecina y con la forma de una
circunferencia perfecta, estaba la luna. La muchacha se estremeció, ya empezaba
a notar el cambio en su cuerpo. Sin perder tiempo, salió de su habitación y se
dirigió a las escaleras de caracol que permitían bajar la torre en la que se
encontraba. Sus pies descalzos se deslizaban por las frías baldosas y su
camisón blanco como la nieve ondeaba con su paso acelerado.
Se podría decir, que la muchacha era una princesa. Igual que
las de los cuentos de hadas, con su corona, con su castillo y con sus bonitos
vestidos de seda y encaje. A pesar de su piel pálida y de sus profundos ojos
negros, era una joven muy bella. Su cabello dorado caía en ondas sobre su
espalada hasta la cintura y sus labios gruesos, su mirada reservada y su pequeña y delicada nariz le daban a la
princesa un toque sensual y especial que hacía que los hombres cayeran
perdidamente enamorados de ella.
Sin detenerse y lo más deprisa que pudo, salió
al exterior. No tenía tiempo que perder, solo faltaban unos minutos para que el
cambio se produjera. Se alejó del
castillo, adentrándose en el bosque. La brisa nocturna rozaba su piel y bailaba
en su pelo y la luna era tan brillante
que parecía que tenía luz propia. Un gran lago apareció entre los árboles, sus
aguas eran tan oscuras como en ese momento lo era el cielo. La princesa se detuvo
frente a él y esperó. En su interior sus músculos y huesos comenzaron a
retorcerse y a cambiar, un dolor
insoportable inundó sus entrañas. Con un grito de dolor dobló las rodillas y
cayó sobre la hierba. Alzó la cabeza para mirar a la luna y una sonrisa le
cruzó el rostro. Era la hora. Comenzó a sentir un instinto animal que luchaba
por salir al exterior y su alma se fundió con la naturaleza. El dolor se fue
calmando poco a poco. Se notaba diferente. Era diferente. Lentamente se acercó
al lago y contempló su reflejo. Lo que veía ya no era su rostro de princesa
dulce y delicada. Se había convertido en lo que siempre había querido ser,
desde que era una niña y comenzaron a ocurrirle los cambios. Pronto lo
conseguiría, estaba cada vez más cerca. En los últimos meses había conseguido
mantenerse con esa forma durante varios días tras la luna llena, corriendo por
el bosque, sintiendo la tierra sobre sus pies, disfrutando de su libertad.
Pronto podría quedarse así para siempre. Se olvidaría de los estúpidos bailes,
las pedidas de matrimonio de los príncipes superficiales y de todas las cosas
tontas de princesas. Echaría de menos a sus padres, eso sí, pero era el precio
que debía pagar por conseguir lo que quería. Ya no tendría que preocuparse por
cómo debía comportarse, hablar o vestirse. Sería ella misma. Levantó su hocico
de nuevo a la luna llena y aulló. Ella era una princesa, pero no era como las
demás. Era la princesa loba.