En un lugar muy lejano, donde la vida y la esperanza no
crecen, cubierta la tierra por un manto de blanca nieve y un frío espectral
recorriendo las llanuras, floreció una flor. Al principio era blanca, como la
nieve que la abrazaba a su alrededor. Luego sus pétalos cambiaron a un bonito
rosa pálido, que le dio un leve toque de color a un mundo oscuro y gris. Con el
paso de los días la flor se convirtió en una preciosa rosa roja, que en medio de la penumbra, parecía una gota de
sangre sobre la nieve. Era pequeña y delicada, pero ni el viento helado ni la
negra noche podían con ella. A medida que pasaban los años, la rosa se fue
haciendo más fuerte, pero algo en su pequeña alma la quebraba por dentro. La
soledad. Era infeliz, porque no había nadie que alabara su belleza, que la
acompañara día sí y día también, que la consolara en su pesares y compartiera
su alegría en los días cálidos. Sus pétalos comenzaban a marchitarse, pero no
por la edad, sino por la profunda tristeza que se negaba a abandonarla. Veía a las aves echar a volar sobre ella,
en busca de un mundo mejor en algún
lugar muy lejos de allí y deseaba poder ser como ellas, tener unas preciosas
alas que la llevaran a dónde ella quisiera, sin límites, sin ataduras, sin
raíces que la ataran a esa tierra hostil. Pero sabía que eso no iba a pasar. Su
belleza se perdería con el tiempo y, al final, no quedaría nada de ella, tan
solo una lágrima, una sola lágrima que perduraría por toda la eternidad para dejar
el recuerdo de su desgracia.

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