El viento azotaba con fuerza las ventanas. Pequeñas gotas de
lluvia se deslizaban lentamente por los cristales como delicadas bailarinas que
danzan hasta que les duelen los pies. Me acerqué y miré al exterior. La gente
se refugiaba del potente vendaval bajo sus paraguas y los coches les salpicaban
al pasar por los numerosos charcos de lluvia fresca. Observé cómo una mujer
luchaba con fiereza contra el paraguas que amenazaba con romperse y salir
volando. Las olas se elevaban como gigantes imponentes y caían provocando un ruido
sordo. Sonreí. Era un espectáculo maravilloso. De repente, mis ojos captaron
una estela de luz brillante y cegadora que surcaba el cielo. Un rayo. Yo ya lo
esperaba. Segundos antes había escuchado el trueno que precede al relámpago y
había esperado con ansia su llegada.
Me gustan las tormentas. Son una prueba de lo poderosa y
aterradora que puede llegar a ser la naturaleza. Y nosotros, como diminutos y
frágiles seres que somos, nos limitamos a observar su trabajo y a esperar a que
todo pase y vuelva otra vez la calma.

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