jueves, 3 de enero de 2013


El viento azotaba con fuerza las ventanas. Pequeñas gotas de lluvia se deslizaban lentamente por los cristales como delicadas bailarinas que danzan hasta que les duelen los pies. Me acerqué y miré al exterior. La gente se refugiaba del potente vendaval bajo sus paraguas y los coches les salpicaban al pasar por los numerosos charcos de lluvia fresca. Observé cómo una mujer luchaba con fiereza contra el paraguas que amenazaba con romperse y salir volando. Las olas se elevaban como gigantes imponentes y caían provocando un ruido sordo. Sonreí. Era un espectáculo maravilloso. De repente, mis ojos captaron una estela de luz brillante y cegadora que surcaba el cielo. Un rayo. Yo ya lo esperaba. Segundos antes había escuchado el trueno que precede al relámpago y había esperado con ansia su llegada.
Me gustan las tormentas. Son una prueba de lo poderosa y aterradora que puede llegar a ser la naturaleza. Y nosotros, como diminutos y frágiles seres que somos, nos limitamos a observar su trabajo y a esperar a que todo pase y vuelva otra vez la calma.





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