Una mancha oscura en medio de un verde lleno de vida. El
fuego devora sin piedad y sin detenerse, eliminando a todo cuanto se encuentra en su camino. Y
después solo quedan cenizas y restos de lo que podría haber sido un hermoso
paisaje. Ahora ese paisaje ha pasado de hermoso a desolador. La Madre Tierra
llora por los hijos que ha perdido atrapados en las fauces del mismísimo
infierno. El humo cubre el cielo azul tornándolo gris y un calor abrasador
penetra en las entrañas, llegando al corazón y haciéndole llorar sangre. El
bosque ahora es un esqueleto destruido, no por culpa del elemento más
mortífero, sino por el egoísmo de la más mortífera de las criaturas.
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