domingo, 25 de agosto de 2013

Arden los bosques.

Una mancha oscura en medio de un verde lleno de vida. El fuego devora sin piedad y sin detenerse, eliminando a todo cuanto se encuentra en su camino. Y después solo quedan cenizas y restos de lo que podría haber sido un hermoso paisaje. Ahora ese paisaje ha pasado de hermoso a desolador. La Madre Tierra llora por los hijos que ha perdido atrapados en las fauces del mismísimo infierno. El humo cubre el cielo azul tornándolo gris y un calor abrasador penetra en las entrañas, llegando al corazón y haciéndole llorar sangre. El bosque ahora es un esqueleto destruido, no por culpa del elemento más mortífero, sino por el egoísmo de la más mortífera de las criaturas.

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