Siempre he sentido fascinación por la luna, esa esfera
plateada fuente de mitos y leyendas que cada noche en lo alto del cielo
estrellado nos deleita con su ciclo cambiante. Siempre está ahí, incluso por el
día, donde se esconde tras la luz del sol. Todas las culturas, a lo largo de la
historia, la han considerado una deidad, culpándola o adorándola por la
influencia sobre el comportamiento de los seres humanos y demás animales. Los lobos, criaturas maravillosas y temibles
a la vez, también la adoran. Durante el plenilunio cantan su eterna canción a
la luna, atemorizando a los hombres que tienen el placer de escucharlos. Hay
una bonita leyenda respecto a este hecho tan conocido del lobo aullando a la
luna llena.
La leyenda cuenta que, en una noche ancestral, la luna bajó a la
tierra y se quedó enredada entre las ramas de un árbol. En ese momento apareció
un lobo y la empezó a acariciar con su hocico y jugaron toda la noche, hasta
que volvió al cielo y el lobo al bosque; y ésta, le robó la sombra al cánido para recordarlo para siempre y él desde entonces, le aúlla las noches de luna
llena para pedirle que se la devuelva.

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