El miedo. Esa desagradable sensación que invade todo nuestro
ser y nos impide actuar utilizando la razón y la lógica, que nos convierte en
unos seres vulnerables y trata de dominarnos. Yo no suelo tener miedo. Soy
bastante tranquila y pocas veces me preocupo por lo que me rodea. Siempre
pienso en el lado bueno de las cosas y en raras ocasiones me dejo llevar por el
pánico. Pero hay algo que me supera. Algo que me asusta de verdad: hacerme
mayor. Puede sonar algo infantil y tonto, pero me aterra la idea de dejar de
ser la niña que creo ser y convertirme en mujer. Cosas tan banales como sacarme
el carnet de conducir o perder la virginidad suponen aceptar que ya soy una
mujer. Y no quiero, me niego a aceptarlo. El mundo adulto me asusta. Tener
responsabilidades, preocupaciones, alejarte de tus padres y de tu hogar, formar
tu propia familia, tener tu propia vida. Lo peor de todo, es que este temor no
viene de ahora. De pequeña me echaba a llorar por el simple hecho de pensar en
la idea de hacerme mayor, no quería crecer. Deseaba continuar en mi mundo feliz
sin preocuparme por las cosas de los adultos. Pasaron los años y aún sigo
igual. Ojalá pudiera parar el tiempo y quedarme así para siempre, o volver a la
niñez. Pero tarde o temprano tendré que aceptar la dura realidad. El tiempo corre y yo envejezco cada día más.
Eso es así y yo no puedo hacer nada para evitarlo.
