Una de las imágenes más bellas que mis ojos han tenido el
privilegio de observar es luz del sol reflejada en las tranquilas aguas de un
mar adormecido. Pequeñas partículas doradas danzando sobre un fino e inmenso
lienzo transparente. Cada mañana me levanto al alba con ese recuerdo en mi
mente y me dirijo a la ventana para verlo de nuevo. Los tonos rosados y
blanquecinos del amanecer encajan a la perfección con la luminosidad de las
aguas claras y puras. De repente, una gaviota surca el cielo para darle la
bienvenida al sol y más tarde las demás se unen a su canto de buenos días
mientras se zambullen en el mar para pescar, si tienen suerte, un buen desayuno.
Desde mi ventana lo observo todo con una fascinante curiosidad y mis ojos
sonríen asombrados ante el maravilloso espectáculo al que sólo yo tengo el
placer de disfrutar. Entonces cierro los ojos y trato de que esa imagen se me
quede grabada profundamente en mi cabeza para así cuando me vaya a dormir la
lleve conmigo en mis sueños.
Disfrutar de las pequeñas cosas es lo que de verdad nos hace felices.
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