martes, 23 de julio de 2013

Me quito las sandalias y pongo los pies en la arena mientras siento la suave brisa rozando mi pelo y oigo el sonido de las olas del mar al fondo. Quema. Voy dando pequeños saltos hasta que llego a la orilla y remojo los pies en el agua. El dolor que me produce la ardiente arena se va calmando y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Sonrío. Mis manos recorren mi vestido de color rosa decorado con unas bonitas flores blancas. Me deshago de él deslizándolo por mi cuerpo  y lo lanzo delicadamente sobre la arena. Miro hacia el horizonte y diviso en la lejanía un barco velero que surca las frías aguas en dirección a una pequeña isla donde de pequeña iba con mis padres y jugaba a ser la pirata más temible de los siete mares. Mi mente se llena de recuerdos de aquellos años felices de mi niñez, mientras una lágrima solitaria cae por mi rostro y se ahoga en el mar. “Me gustaría volver a esa isla”, pienso, “Quedarme allí para siempre y no regresar  jamás”. Comienzo a caminar y me adentro cada vez más en el mar. El agua roza mi cuerpo desnudo y la sal se impregna en mi piel. Me gusta esta sensación. Lentamente me deslizo hacia abajo hasta cubrir por completo mi cabeza. Estiro los brazos y comienzo a nadar, dejando atrás mis temores, mis sueños atormentados y mis ilusiones destrozadas. Por una vez, me siento libre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario