Me quito las sandalias y pongo los pies en la arena mientras
siento la suave brisa rozando mi pelo y oigo el sonido de las olas del mar al
fondo. Quema. Voy dando pequeños saltos hasta que llego a la orilla y remojo
los pies en el agua. El dolor que me produce la ardiente arena se va calmando y
un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Sonrío. Mis manos recorren mi vestido
de color rosa decorado con unas bonitas flores blancas. Me deshago de él
deslizándolo por mi cuerpo y lo lanzo
delicadamente sobre la arena. Miro hacia el horizonte y diviso en la lejanía un
barco velero que surca las frías aguas en dirección a una pequeña isla donde de
pequeña iba con mis padres y jugaba a ser la pirata más temible de los siete
mares. Mi mente se llena de recuerdos de aquellos años felices de mi niñez, mientras una lágrima solitaria cae por mi rostro y se ahoga en el mar. “Me gustaría
volver a esa isla”, pienso, “Quedarme allí para siempre y no regresar jamás”. Comienzo a caminar y me adentro cada vez más
en el mar. El agua roza mi cuerpo desnudo y la sal se impregna en mi piel. Me
gusta esta sensación. Lentamente me deslizo hacia abajo hasta cubrir por
completo mi cabeza. Estiro los brazos y comienzo a nadar, dejando atrás mis
temores, mis sueños atormentados y mis ilusiones destrozadas. Por una vez, me siento libre.

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