El viento llama a mi puerta. Veo cómo las pobres hojas de
los marchitos árboles sucumben bajo su fuerza arrasadora. Se oye un profundo murmullo
proveniente de ningún lugar y que se eleva poco a poco hasta parecer que
procede de las más remotas profundidades de una cueva. De vez en cuando, algún
desdichado caminante lucha ferozmente con su paraguas, que lentamente se retuerce
de dolor tras la rotura de uno de sus débiles huesos e intenta que el viento no
lo arrastre y lo destroce por el camino. Cuanto más potente es el viento, más
insignificante se vuelve el que se atreve a enfrentarse a su furia.
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