sábado, 9 de noviembre de 2013

Vendaval.

El viento llama a mi puerta. Veo cómo las pobres hojas de los marchitos árboles sucumben bajo su fuerza arrasadora. Se oye un profundo murmullo proveniente de ningún lugar y que se eleva poco a poco hasta parecer que procede de las más remotas profundidades de una cueva. De vez en cuando, algún desdichado caminante lucha ferozmente con su paraguas, que lentamente se retuerce de dolor tras la rotura de uno de sus débiles huesos e intenta que el viento no lo arrastre y lo destroce por el camino. Cuanto más potente es el viento, más insignificante se vuelve el que se atreve a enfrentarse a su furia.

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