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miércoles, 28 de enero de 2015

Relato: El renacer de un hada. Parte 2.

Mi trabajo consistía en la atención y cuidado de los gorgons. Les llevaba la comida, les lavaba, limpiaba el imponente palacio de piedra en el que vivían… No era uno de los trabajos más duros, pero era bastante desagradable. Los gorgons no eran unas criaturas demasiado agraciadas. Eran enormes bolas de grasa grisáceas, siempre olían mal aunque se aseasen todos los días y se deslizaban por el suelo como gusanos gigantes. Tenían dos diminutos brazos que poco les servían de algo y dientes afilados como cuchillas. A pesar de su aspecto, aquellos feos y malolientes seres poseían un gran poder y una fuerza descomunal. Pocos eran los que se atrevían a hacerles frente y menos aún eran los que conseguían acabar con ellos.
Fregaba con repugnancia la substancia viscosa que dejaban los gorgons allí por donde pasaban mientras contemplaba el anillo que me había regalado Donan. Me parecía sorprendente que hubiera podido extraer y llevarse un diamante de las minas sin que nadie se diera cuenta, pero sobretodo, que lo hubiera hecho por mí. Rememoré con nostalgia los momentos que habíamos pasado juntos casi desde que nacimos. Las comidas con mi familia y la suya, los juegos, las risas, las bromas… Él había sido una parte muy importante de mi vida anterior a la masacre, y lo único que quedaba de ella. En ese instante, admirando la pureza y brillantez de mi obsequio y borrando las huellas de las criaturas que tanto daño nos estaban causando, me di cuenta de cuan vacía sería mi vida sin él. Y que era posible que en la batalla que estábamos a punto de librar, uno de nosotros no consiguiera salir con vida.
Cayó la noche y me dirigí hacia el lugar donde habíamos quedado en reunirnos: el lago Elven. Cuenta la leyenda que las antiguas hadas habían surgido de aquellas aguas y desde entonces se había convertido en un lugar sagrado. Aquella leyenda tenía mucho que ver con el ritual que estábamos a punto de realizar. Hacía años que las hadas se habían extinguido, sin embargo no ocurrió así con su magia. Cada cierto tiempo nace una niña destinada a ser la heredera de las hadas; su poder permanece oculto en su interior, aguardando  el día en el que despierte y haga renacer de nuevo a las hadas. Aquellas niñas se reconocían por sus orejas puntiagudas, algo que caracteriza a las criaturas mágicas del bosque. Y yo era una de ellas. En total éramos siete en nuestra aldea, y el ritual tenía como propósito el hacer despertar nuestra magia dormida, la única capaz de enfrentarse a la de los gorgons. Nosotras éramos el arma secreta.
Cuando llegué ya había algunas personas en la orilla del Elven. Dos chicas me saludaron amistosamente, Gema y Niss, que también eran como yo. Su nerviosismo se dejaba entrever por las facciones de su rostro y sus gestos torpes. Normal, yo también estaba algo asustada. Lo que estábamos a punto de hacer era demasiado grande e importante como para llevarlo con calma. Cuando estuvimos todos, Reik tomó la palabra.
-Ha llegado el momento que tanto ansiábamos. Estamos a punto de pasar a la historia, de dar un paso tremendamente importante para nuestro futuro. Hoy, si todo sale bien, comenzará nuestro viaje hacia la libertad.
Todo el mundo aplaudió con entusiasmo. Las siete chicas nos pusimos en línea recta y Reik y algunos más comenzaron a dibujarnos runas en nuestro rostro, cuello y brazos. A continuación, nuestro líder abrió un libro viejo y gastado y comenzó a leer en el idioma élfico un hechizo para despertar una magia antigua y perdida.
No noté nada. Miré hacia los lados a mis compañeras pero parecían tan confusas como yo. El hechizo terminó y Reik volvió a hablar, pero esta vez en nuestro idioma.
-Ya está, el siguiente paso debéis hacerlo vosotras solas. Nosotros debemos marcharnos.
La gente comenzó a irse pero alguien quedó rezagado y caminó hacia mí. Era Donan.
-Te deseo mucha suerte. Ya me contarás mañana qué tal la experiencia.-Me dijo, dándome un apretón cariñoso en el hombro.
-Espero que dé resultado.
-Todo saldrá bien, no te preocupes.- Donan comenzó a marcharse, pero yo lo detuve.
-¡Espera, Donan!- Él se giro y me miró- ¿Qué pasará si me ocurre algo a mí? ¿Cómo me recordarás?
El sonrió y me dijo con dulzura:
-Nada en este mundo podrá hacer que te olvide, Lynn.
Y sin dejarme tiempo a contestar, desapareció entre el oscuro ramaje del bosque.
El tercer y último paso del ritual consistía en sumergirnos en las heladas aguas del Elven. Las primeras hadas habían nacido ahí, y ahí era también donde naceríamos nosotras como las nuevas hadas. Nos miramos con temor y algo de ilusión reflejados en nuestra mirada y sin decir nada nos introducimos en la líquida superficie. Caminamos y caminamos, ignorando el frío que penetraba en nuestros huesos y nuestra piel de gallina y cuando el agua nos llegaba hasta los hombros, nos zambullimos. Y entonces, algo extraño sucedió. ¿Alguna vez os habéis imaginado cómo sería el renacer de un hada? Pensad en una bomba que hubiera estado oculta durante años en algún lugar y ahora, por un simple toque, un soplo de viento o lo que fuera se liberase en una gran explosión llegando su onda expansiva a todos los rincones habidos y por haber. Eso era lo que sentía yo en mi interior. Un inmenso y antiguo poder procedente de mi corazón comenzó a expandirse por todo mi cuerpo, recorriendo cada una de mis extremidades hasta la punta de mis dedos e incluso de mis cabellos. Noté cómo todo mi cuerpo se paralizaba sin poder mover ni un músculo. Alcé la vista y observé la superficie del lago alejándose cada vez más, la luz de la luna haciéndose cada vez más diminuta y la oscuridad cerniéndose sobre mí con gran rapidez. Entré en pánico e intenté mover mis brazos y piernas para intentar elevarme pero era inútil. Grité con todas mis fuerzas y el agua entró por mi boca y mis fosas nasales, ahogándome. Entonces sentí cómo me elevaba lentamente, sin casi darme cuenta, hasta que mi cabeza rompió con la superficie y respiré aire puro. Sin saber cómo seguí elevándome más y más hasta que me detuve de pronto. En ese momento me di cuenta con sorpresa de que mis pies no tocaban ninguna superficie sólida ni líquida. Estaba volando. Miré a mi alrededor y vi a mis compañeras flotando. En su espalda, unas alas finas y casi transparentes se movían sincronizadas. Giré mi cabeza hacia mi propia espalda y solté un grito. ¡Tenía alas! Y eran preciosas. Pero esa no era la única sorpresa. Mi piel brillaba, como si estuviera cubierta de cristales muy pequeñitos, brillaba tanto que el diamante de mi anillo quedaba eclipsado. Escuché gritos de alegría alrededor de mí.
-¡Lo hemos logrado!
-¡Al fin!
-¡Ha funcionado!

Sí, había funcionado. Ahora éramos poderosas y con nuestra magia tendríamos posibilidades de derrotar a los gorgons. Sonreí, mientras recordaba las palabras de mi madre, pues al fin su deseo podría hacerse realidad. La batalla por nuestra libertad estaba a punto de comenzar. Las hadas habían vuelto.


FIN

sábado, 3 de enero de 2015

Relato: El renacer de un hada. Parte 1.

“Los sonidos del caos y la destrucción taladran mi cabeza como miles de afiladas agujas. Los gritos y los llantos de la gente que no pudo esconderse a tiempo me llevan a la desesperación. Yo he tenido suerte y logré introducirme por una rendija que me llevó a este sótano oculto. Por el momento estoy a salvo, pero sé que me acabarán descubriendo. Escribo estas palabras para ti, mi niña, mi ángel, mi hija. Espero y deseo que no sufras el mismo destino que yo, que allí a donde te has marchado tengas una vida feliz y carente de cualquier peligro. No sé cómo será el futuro, si los seres que ahora nos exterminan seguirán destruyendo y matando todo lo que encuentren a su paso. Yo sólo quiero que estés bien, es todo lo que pido. Adiós, Lynnia. Te quiero.”
Terminé de leer la carta con lágrimas en los ojos, como me pasa siempre que la leo. Mi madre escribió esas palabras para mí poco antes de morir. Me gustaría pensar que lo que ella deseaba con todas sus fuerzas se hubiera cumplido, pero no era así. Hace diez años, cuando yo tenía tan sólo seis, unas criaturas terroríficas llamadas gorgons invadieron nuestra aldea  y eliminaron a todos los que habitaban en ella, excepto a los niños. Uno de nuestros guardianes- los que se encargan de proteger la aldea- reunió a los niños que pudo, entre los que me encontraba yo, e intentó llevarnos a un lugar seguro. Cuando estábamos a punto de cruzar la frontera del reino vecino los gorgons nos alcanzaron y nos llevaron con ellos tras asesinar brutalmente al guardián. Todavía hoy tengo pesadillas sobre aquel fatídico día. Ahora todo el reino de Kindra, nuestro querido hogar, es gobernado por esos espeluznantes seres y nosotros somos sus esclavos. Trabajamos durante horas bajo sus órdenes, nos torturan, nos humillan y, a veces, incluso nos matan si nos negamos a obedecer. Hay días en los que la depresión me hunde y maldigo el día en el que nací. Pero luego recuerdo que hay que seguir luchando, aunque la esperanza casi nos haya abandonado a todos.  Llegará el día en el que expulsaremos a nuestros opresores y volveremos a ser libres.
Guardé el preciado trozo de papel bajo la almohada y salí apresurada de la habitación. Llegaba tarde a la reunión semanal que teníamos los pocos que estábamos dispuestos a revelarnos. Los desertores, nos llamamos. Cualquiera con dos dedos de frente diría que todo ese asunto de la rebelión nos viene muy grande y que es imposible que logremos nuestro propósito. Y yo también lo pensaría si no fuera porque supiera que tenemos un arma secreta.
Corrí entre las casas ennegrecidas y semiderruidas dejando una estela de polvo gris tras de mí y me introduje en el bosque. Teníamos pocas horas de descanso al día y los desertores las aprovechábamos para reunirnos.
-Llegas tarde, Lynn - Me dijo Reik cuando llegué. Reik era el mayor de todos nosotros, tenía casi veinticinco años. Por ese motivo lo habíamos proclamado nuestro líder. Era un buen chico, pero a veces podía llegar a ser verdaderamente insoportable.
-Lo siento.- Me disculpé mientras me sentaba en una pequeña roca.
El chico resopló con resignación y se dirigió al resto del grupo.
-Como iba diciendo antes de que me interrumpieran, estamos a un paso de conseguir lo que tanto tiempo llevamos esperando. Como sabéis, algunos de nosotros hemos consultado los antiguos libros que afortunadamente se salvaron de aquella masacre y –sus ojos se abrieron con emoción como la de un niño ante sus regalos de navidad y una gran sonrisa se formó en su rostro- por fin hemos encontrado la manera de despertar la magia perdida.
Entonces el silencio se rompió y los gritos de alegría y las risas inundaron el ambiente. Yo ya conocía la noticia, pues había participado en la lectura de esos libros y ayudado a interpretarlos, pero acabé contagiándome de la euforia de los demás. Era un paso importante. El más importante, de hecho. A partir de ese momento, solo quedaba seguir las instrucciones y saltar a la acción. De pronto, tras de mí oí una voz infantil y muy familiar.
-¡Lynn!
Me giré sobresaltada y sonreí al ver a la pequeña niña pelirroja que me llamaba con tanta efusividad.
-Kira, ¿qué haces aquí? Sabes de sobra que esto son cosas de mayores y tú no puedes participar, traviesilla. Ya verás cuando se entere tu hermano…
-Me temo que su hermano ya se ha enterado.- Detrás de Kira apareció un joven de mi misma edad, con el pelo rojo fuego, igual que el de su hermana. Ésta se escondió detrás de mí con cara de no haber roto un plato.
-Jolines, solo quería saludar a Lynn.- Se quejó la pequeña.
-Lo sé, pero ahora estamos en medio de un asunto muy importante, así que como no te pires de aquí ahora mismo te echaré de cabeza al foso de los calums.
La niña echó a correr, asustada ante la amenaza de su hermano mayor.
-A veces eres un poco duro con ella, Donan.- Le regañé, negando con la cabeza.
-Sólo pretendo protegerla. Sabes tan bien como yo lo peligroso que es lo que estamos haciendo, no quiero que se entrometa.
Suspiré y le dediqué una mirada cómplice. Tenía razón, una niña no debería inmiscuirse en asuntos como aquellos.
-Cambiando de tema, tengo algo para ti.- alegó el chico sacando del bolsillo un objeto brillante y redondo.
-¿Es un anillo? ¿De dónde lo has sacado?- Pregunté sorprendida.
-Lo he hecho yo.- Sus mejillas comenzaron a sonrojarse, casi parecían del color de su pelo.
-¿Pero estás loco? ¿El diamante lo has robado de las minas, verdad? ¿Cómo se te ocurre? ¿Y si se enteran los gorgons? ¡Te matarán, Donan!- Exclamé yo horrorizada. Las minas eran propiedad de aquellos monstruos y, aunque el joven era uno de los que trabajaban allí, les estaba sumamente prohibido coger cualquier piedra, gema preciosa o gramo de tierra del lugar.
-Tranquilízate, Lynn. Nadie me ha visto. Solamente quería que tuvieras algo por… ya sabes… por si algo me pasase. Para que me recordaras.- Explicó con tristeza.
Cogí el anillo con dulzura.
-Donan…
En ese momento Reik volvió a hablar y yo me percaté de que no estábamos solos. Lo había olvidado por completo.
-Ya es hora de volver al trabajo, muchachos. Esta noche nos volveremos a reunir para dar comienzo al ritual. La batalla se acerca… ¡y nosotros seremos los vencedores!

sábado, 28 de diciembre de 2013

El mundo al revés.

No muy lejos de aquí existe un mundo en el que todo está del revés. La lluvia cae hacia arriba, en invierno hace calor y en verano hace frío, el agua no moja, el fuego no quema  y los animales salvajes no se esconden. En cuanto a las personas que habitan en ese peculiar mundo, ríen cuando están tristes y lloran cuando están felices, caminan por el techo de sus casas, duermen de día, beben cuando tienen hambre y comen cuando tienen sed. Pero entre todas aquellas gentes extrañas, hay una pequeña niña que es diferente a los demás. Ella siente que no pertenece a ese mundo porque todo lo que hace es lo contrario a lo que hacen los demás. Por eso, los niños de su edad la miran raro y no quieren jugar con ella. No entiende qué le pasa, cada día de su (de momento) corta vida se pregunta: "¿Por qué?" Lo que no sabe, es que hay un lugar en el que todas las personas son como ella. No sabe que, quizás ella no es rara, a lo mejor lo que pasa es que no está en el lugar adecuado. No está sola, solo tiene que buscar.

jueves, 10 de octubre de 2013

Un regalo del cielo.

La lluvia aporrea las ventanas como queriendo entrar y el sonido se introduce en mis oídos. Me tapo más con la manta y bebo otro sorbo de mi chocolate caliente. No dan nada interesante en la tele, sólo una película aburrida y los típicos programas del corazón. Pero como la tormenta no quiere que me duerma, no tengo otro remedio que quedarme en el sofá hasta que mis ojos se me cierren del cansancio y el sueño me abrace por fin. Diviso con el rabillo del ojo la luz de un relámpago y, unos segundos después, escucho el sonido de un trueno. Dejo la taza vacía sobre la mesa y me acurruco aún más entre las mantas. Cierro los ojos y trato de conciliar el sueño. Otro relámpago, esta vez ha caído cerca. Siento una increíble energía fluyendo de algún lugar en el exterior. Un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Qué estará pasando allí fuera? Casi sin darme cuenta, mis pies me llevan a través del salón y abro la puerta de casa para salir a la calle. Todavía llevo mi manta a mi alrededor. Al lado de mi casa hay un pequeño bosque y me apresuro a entrar en él. No sé por qué estoy aquí, no sé qué es lo que me obliga a adentrarme más y más entre los árboles. De pronto veo el lugar donde el rayo cayó. Hay un agujero no muy profundo ni muy grande y me acerco para estudiarlo mejor. ¿Por qué habrá caído aquí?  ¿Por qué justo en este lugar? Entonces lo veo. Algo brilla en el interior la fosa. Es redondo, de metal y tiene una especie de cerrojo en el medio. Parece una especie de caja. Me pregunto de dónde habrá salido. ¿Habrá caído del cielo? Quizás el rayo no era un rayo en realidad, quizás… no, no puede ser, es imposible. O no.

Cojo el extraño objeto y lo llevo a mi habitación. Busco un lugar para esconderlo, no quiero que nadie lo vea. Será mi pequeño secreto. Un regalo del cielo.

sábado, 21 de septiembre de 2013

La princesa loba.

El sol comenzaba a descender con lentitud para perderse finalmente en el lejano horizonte. Ella, como cada día desde que era niña, lo observaba desde la ventana de sus aposentos, pensando en lo hermoso que se veía el ocaso desde allí. Para ella, no era simplemente la habitual puesta de sol, sino que era el preludio a su momento favorito, cuando podía ser ella misma y su alma era libre por fin: la noche. Y justo esa misma noche, sería luna llena. Para cualquier persona normal, el plenilunio no tenía nada de especial, pero ella no era una persona normal. Ella tenía un secreto que guardaba profundamente en un rincón de su corazón, del que nadie sabía su existencia, ni siquiera sus padres. Impacientemente esperó a que el sol se pusiera por completo y, entonces, un manto de oscuridad cubrió totalmente el cielo. Las estrellas brillaban en lo alto, compitiendo por quien era la más luminosa y allí, en medio de todas ellas, con una tez blanquecina y con la forma de una circunferencia perfecta, estaba la luna. La muchacha se estremeció, ya empezaba a notar el cambio en su cuerpo. Sin perder tiempo, salió de su habitación y se dirigió a las escaleras de caracol que permitían bajar la torre en la que se encontraba. Sus pies descalzos se deslizaban por las frías baldosas y su camisón blanco como la nieve ondeaba con su paso acelerado.

Se podría decir, que la muchacha era una princesa. Igual que las de los cuentos de hadas, con su corona, con su castillo y con sus bonitos vestidos de seda y encaje. A pesar de su piel pálida y de sus profundos ojos negros, era una joven muy bella. Su cabello dorado caía en ondas sobre su espalada hasta la cintura y sus labios gruesos, su mirada reservada  y su pequeña y delicada nariz le daban a la princesa un toque sensual y especial que hacía que los hombres cayeran perdidamente enamorados de ella. 

Sin detenerse y lo más deprisa que pudo, salió al exterior. No tenía tiempo que perder, solo faltaban unos minutos para que el cambio se produjera. Se alejó  del castillo, adentrándose en el bosque. La brisa nocturna rozaba su piel y bailaba en su pelo y la luna era tan brillante que parecía que tenía luz propia. Un gran lago apareció entre los árboles, sus aguas eran tan oscuras como en ese momento lo era el cielo. La princesa se detuvo frente a él y esperó. En su interior sus músculos y huesos comenzaron a retorcerse  y a cambiar, un dolor insoportable inundó sus entrañas. Con un grito de dolor dobló las rodillas y cayó sobre la hierba. Alzó la cabeza para mirar a la luna y una sonrisa le cruzó el rostro. Era la hora. Comenzó a sentir un instinto animal que luchaba por salir al exterior y su alma se fundió con la naturaleza. El dolor se fue calmando poco a poco. Se notaba diferente. Era diferente. Lentamente se acercó al lago y contempló su reflejo. Lo que veía ya no era su rostro de princesa dulce y delicada. Se había convertido en lo que siempre había querido ser, desde que era una niña y comenzaron a ocurrirle los cambios. Pronto lo conseguiría, estaba cada vez más cerca. En los últimos meses había conseguido mantenerse con esa forma durante varios días tras la luna llena, corriendo por el bosque, sintiendo la tierra sobre sus pies, disfrutando de su libertad. Pronto podría quedarse así para siempre. Se olvidaría de los estúpidos bailes, las pedidas de matrimonio de los príncipes superficiales y de todas las cosas tontas de princesas. Echaría de menos a sus padres, eso sí, pero era el precio que debía pagar por conseguir lo que quería. Ya no tendría que preocuparse por cómo debía comportarse, hablar o vestirse. Sería ella misma. Levantó su hocico de nuevo a la luna llena y aulló. Ella era una princesa, pero no era como las demás. Era la princesa loba.

viernes, 30 de agosto de 2013

Vida y muerte de una flor.

En un lugar muy lejano, donde la vida y la esperanza no crecen, cubierta la tierra por un manto de blanca nieve y un frío espectral recorriendo las llanuras, floreció una flor. Al principio era blanca, como la nieve que la abrazaba a su alrededor. Luego sus pétalos cambiaron a un bonito rosa pálido, que le dio un leve toque de color a un mundo oscuro y gris. Con el paso de los días la flor se convirtió en una preciosa rosa roja, que en medio de la penumbra, parecía una gota de sangre sobre la nieve. Era pequeña y delicada, pero ni el viento helado ni la negra noche podían con ella. A medida que pasaban los años, la rosa se fue haciendo más fuerte, pero algo en su pequeña alma la quebraba por dentro. La soledad. Era infeliz, porque no había nadie que alabara su belleza, que la acompañara día sí y día también, que la consolara en su pesares y compartiera su alegría en los días cálidos. Sus pétalos comenzaban a marchitarse, pero no por la edad, sino por la profunda tristeza que se negaba a abandonarla. Veía a las aves echar a volar sobre ella, en busca de un mundo mejor en algún lugar muy lejos de allí y deseaba poder ser como ellas, tener unas preciosas alas que la llevaran a dónde ella quisiera, sin límites, sin ataduras, sin raíces que la ataran a esa tierra hostil. Pero sabía que eso no iba a pasar. Su belleza se perdería con el tiempo y, al final, no quedaría nada de ella, tan solo una lágrima, una sola lágrima que perduraría por toda la eternidad para dejar el recuerdo de su desgracia.

martes, 23 de julio de 2013

Me quito las sandalias y pongo los pies en la arena mientras siento la suave brisa rozando mi pelo y oigo el sonido de las olas del mar al fondo. Quema. Voy dando pequeños saltos hasta que llego a la orilla y remojo los pies en el agua. El dolor que me produce la ardiente arena se va calmando y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Sonrío. Mis manos recorren mi vestido de color rosa decorado con unas bonitas flores blancas. Me deshago de él deslizándolo por mi cuerpo  y lo lanzo delicadamente sobre la arena. Miro hacia el horizonte y diviso en la lejanía un barco velero que surca las frías aguas en dirección a una pequeña isla donde de pequeña iba con mis padres y jugaba a ser la pirata más temible de los siete mares. Mi mente se llena de recuerdos de aquellos años felices de mi niñez, mientras una lágrima solitaria cae por mi rostro y se ahoga en el mar. “Me gustaría volver a esa isla”, pienso, “Quedarme allí para siempre y no regresar  jamás”. Comienzo a caminar y me adentro cada vez más en el mar. El agua roza mi cuerpo desnudo y la sal se impregna en mi piel. Me gusta esta sensación. Lentamente me deslizo hacia abajo hasta cubrir por completo mi cabeza. Estiro los brazos y comienzo a nadar, dejando atrás mis temores, mis sueños atormentados y mis ilusiones destrozadas. Por una vez, me siento libre.

sábado, 12 de enero de 2013

Un encuentro a medianoche. Parte 2


Se relamió los restos de sangre que le resbalaban por la boca. El pequeño conejo había corrido por salvar su vida, pero no lo suficiente para evitar su muerte. Su sangre fresca y su deliciosa carne habían servido para aliviar su hambre y su sed, pero eso sólo era un pequeño aperitivo. Necesitaba más. Alzó la cabeza para divisar alguna otra posible presa y su olfato captó la presencia de un olor dulce y diferente. Un olor humano. Movido por su ansia de sangre echó a correr por el espeso bosque en dirección a aquel olor tan apetecible. Estaba cerca. Podía oír los latidos de su inocente corazón.

Ella se paró en seco ante el enorme lago. Al final reconoció lo que llevaba negando desde hace rato. Se había perdido. Se dirigió hacia las aguas cristalinas y se agachó para lavarse el rostro. Estaba sudando por el terror y su corazón le latía a mil por hora. “¿Quién me mandaría adentrarme en el bosque de noche y sola?” se preguntó. Definitivamente era imbécil. Estaba contemplando la superficie tranquila del lago cuando de repente sintió un escalofrío que le puso los pelos de punta. Tenía la sensación de que alguien o algo a sus espaldas la estaba observando. Lentamente se puso en pie y se giró. Entre los árboles logró ver a la luz de la luna unos ojos aterradores que la miraban. Ella quería gritar, pero no fue capaz de pronunciar sonido alguno; quería correr, pero sus temblorosas piernas no le respondían. La bestia dio un paso y pudo verla con claridad. Era una criatura enorme de aspecto parecido al de un lobo, pero más fiero. Restos de sangre se deslizaban por los colmillos hasta precipitarse por la barbilla y finalmente caían sobre la hierba. Tenía una mirada petrificante y extrañamente humana. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió que sus piernas le respondieran y comenzó a correr como nunca antes lo había hecho. Notaba como la inmensa criatura la perseguía. Sabía que no iba a poder aguantar mucho más. Tarde o temprano la alcanzaría.

La presa era rápida, pero él lo era más. De pronto un obstáculo en el camino provocó la caída de su presa. Era el momento, no podía dejar escapar la oportunidad. Se acercó a ella y empezó a olerla. Era un olor delicioso. Miró sus ojos asustados. Sin saber por qué le parecían curiosamente familiares. La presa estaba aterrorizada y eso le gustaba. Le atraía el olor del miedo. Disfrutaba con el sufrimiento y los gritos de dolor de sus víctimas. La presa intentó levantarse, pero él no se lo permitió. Hincó sus afilados dientes en su carne. La presa chillaba y se retorcía, pero era en vano. Él succionaba su sangre lentamente y devoraba su blanda y deliciosa carne, hasta que su corazón dejó de latir y su respiración se detuvo.

La luna los contemplaba atentamente desde el cielo nocturno, observando la escena en silencio.

jueves, 10 de enero de 2013

Un encuentro a medianoche. Parte 1


Hola gente, aquí os traigo un relato que he escrito hace poco, espero que os guste. Como es un poco largo lo he dividido en dos partes. Aquí está la primera. Un beso :)

La luna llena se asomaba tímida entre las nubes, observando en silencio las criaturas de la noche mientras esperaban ansiosas la llegada de una víctima fácil que saciase sus ganas de sangre. La brisa nocturna rozaba con suavidad las hojas de los árboles, produciéndole un escalofrío. Caminaba descalzo entre el follaje, sin importarle las heridas que le producían la tierra húmeda y las piedras en el camino. No sentía el dolor punzante fruto de los cortes en su piel desnuda cuando las ramas de los árboles le rozaban. Su corazón latía cada vez más fuerte y su pulso se le aceleraba. Sentía cómo sus pupilas se dilataban y sus músculos se tensaban. Seguía caminando. No sabía hacia dónde iba ni dónde se encontraba. Sabía que tenía que hacer algo, pero no se acordaba qué era.

-¿Dónde se habrá metido?- Miró por décima vez el reloj – Había quedado en llamarme. Íbamos a dar un paseo bajo las estrellas.- Se tumbó sobre la cama y echó un vistazo al móvil. Nada, ni una llamada. Cerró los ojos y recordó otra vez los momentos que pasaron juntos. Los besos, las caricias, las promesas, las miradas. Se había sentido tan bien, tan viva. Y ahora no tenía noticias de él. Abrió los ojos y miró el reloj por enésima vez. Las once. Casi media noche.

Los sonidos de la noche no le tranquilizaban. Le ponían nervioso. Ahora podía oírlos con claridad. Sus sentidos se habían agudizado hasta el punto de que podía escuchar hasta más mínimo movimiento de las hojas al caer. Se paró en seco de repente y posó su mirada sobre la blanca luna que lo miraba desafiante. Sintió un profundo dolor en las entrañas que lo hizo caer de rodillas exhalando un grito estremecedor. Cerró los ojos y al fin se dejó llevar por su naturaleza salvaje. El vello del cuerpo empezó volverse más grueso y espeso, los dientes se le afilaron, sus manos se transformaron en garras y nació en su corazón un sentimiento voraz y un instinto animal. Dejó escapar un profundo aullido a la luna, que en ese momento pasó de ser su enemiga a convertirse en su aliada.

-Ya está, no aguanto más.-
Se levantó de la cama y se dirigió con paso decidido a la ventana. Se asomó a ella y observó la luna.
-Ya es medianoche, pero me da igual. Iré a su casa y le pediré explicaciones en persona.-
Cogió su móvil y su cazadora y salió por la puerta trasera intentando no despertar a sus padres.
Caminó por las calles con la única compañía de la luna llena y de los sonidos de la noche. Se alejó de la civilización y se adentró en el oscuro bosque. No le gustaba caminar sola a medianoche y empezaba a sentir miedo de verdad, pero necesitaba verle. Y para eso tenía que atravesar el bosque hasta llegar a la pequeña casa donde vivía él. Hizo caso omiso al temor que le recorría todo el cuerpo y siguió caminando sin detenerse. De pronto escuchó el aullido lejano de un lobo.