martes, 1 de octubre de 2013

Qué bonito es caer.

Qué bonito es caer. La lluvia, las hojas de los árboles en otoño, los finos copos de nieve en invierno, las estrellas fugaces. Todos caen y jamás se levantan. Caen deslizándose con gracia o precipitándose al vacío, y nunca alzan la vista atrás. Caen delicadamente o con fuerza y nosotros observamos con atención su feliz y esperada trayectoria hasta el duro suelo. ¿Se arrepienten alguna vez? No. Nos saludan y descienden sobre nuestras cabezas, susurrándonos y acariciándonos, prometiéndonos que todo irá bien. “No temáis” nos dicen. “Las caídas no siempre son malas. Pueden ayudaros a aprender y a volver a empezar de cero”. Nosotros asentimos y ellos continúan su viaje. 
A veces, nos sentamos y esperamos a que todo se solucione solo, o a que alguien lo solucione por nosotros. Tenemos miedo a fallar, miedo a caer. Pero una cosa es segura, si caemos, volveremos a levantarnos, y si no, sonreiremos al mundo y gritaremos fuerte, muy fuerte que no tememos a nada. Ni siquiera a la pétrea superficie que nos espera tras nuestra caída. Seguiremos adelante y continuaremos nuestro camino en el suelo hasta que las cosas vayan mejor.

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