Qué bonito es caer. La lluvia, las hojas de los árboles en
otoño, los finos copos de nieve en invierno, las estrellas fugaces. Todos caen
y jamás se levantan. Caen deslizándose con gracia o precipitándose al vacío, y
nunca alzan la vista atrás. Caen delicadamente o con fuerza y nosotros observamos con atención su feliz y
esperada trayectoria hasta el duro suelo. ¿Se
arrepienten alguna vez? No. Nos saludan y descienden sobre nuestras cabezas,
susurrándonos y acariciándonos, prometiéndonos que todo irá bien. “No temáis”
nos dicen. “Las caídas no siempre son malas. Pueden ayudaros a aprender y a
volver a empezar de cero”. Nosotros asentimos y ellos continúan su viaje.
A
veces, nos sentamos y esperamos a que todo se solucione solo, o a que alguien
lo solucione por nosotros. Tenemos miedo a fallar, miedo a caer. Pero una cosa
es segura, si caemos, volveremos a levantarnos, y si no, sonreiremos al mundo y
gritaremos fuerte, muy fuerte que no tememos a nada. Ni siquiera a la pétrea
superficie que nos espera tras nuestra caída. Seguiremos adelante y
continuaremos nuestro camino en el suelo hasta que las cosas vayan mejor.
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