lunes, 11 de julio de 2016

Cuando vivir no es suficiente.

Huyen. Huyen de la guerra. Huyen con lo único que les queda: esperanza y ganas de vivir, aunque a medida que avanzan también lo acaban perdiendo. Vivimos en un mundo apático, que sólo se preocupa por el bienestar propio y el de los suyos, que vive en su burbuja de felicidad mientras el mundo más allá de sus fronteras arde. Creemos que somos los dueños de todo, el centro del universo, pero no. Somos personas, y como nosotras, hay millones más. Pero nuestro etnocentrismo no nos deja verlo. Miles de personas viajan día tras día sin descanso, por mar y por tierra, algunos se quedan en el camino y a los demás los trasladan a una jaula. No los queremos con nosotros, pero tampoco pueden regresar a sus hogares. Están en el limbo, en tierra de nadie, condenados a vivir como criminales, como repudiados, cuando su único “crimen” fue haber nacido en el lugar y momento equivocados. Vivimos en un mundo en el que los culpables son libres y los inocentes prisioneros. Un mundo donde al que no tiene nada se le rechaza y al que lo tiene todo se le alaba. Lo peor es que siempre ha sido así y eso no va a cambiar por mucho que lo intentemos. Ya he desistido en creer en un mundo mejor porque el ser humano es egoísta por naturaleza, por fin lo he aprendido. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, me seguiré aferrando a las buenas personas que sí hacen de este un mundo mejor, y sobre todo, mi corazón estará con esa gente que sin pretenderlo se ha visto perdida en la nada, con la esperanza dibujada en sus ojos, preguntándose por qué el mundo los odia, por qué a ellos.

lunes, 15 de febrero de 2016

Se despertó de un sueño profundo...

Se despertó de un sueño profundo tan largo como una noche de invierno, rodeada de rosas que olían a melancolía. Sus labios resecos se separaron lentamente para dejar salir un quejido minúsculo, débil, con un regusto a polvo y a caducidad. Sus extremidades permanecían inertes, como los de una momia milenaria, pero su corazón latía vehemente atrapado en un cascarón que le venía pequeño. Sus ojos escudriñaban el techo abovedado  brillando de emoción, con la alegría de estar vivos de nuevo. Eran de un azul turquesa que helaba el alma de quienes los contemplaban por primera vez, con una fina línea acastañada en el iris. Sus cabellos negros se esparcían por el césped en múltiples direcciones, como serpientes que se arrastran en busca de una luz que les proporcione ese libre albedrío que tanto ansían. Parecía una eternidad el tiempo que había pasado desde que cerró los ojos por última vez, pero no se imaginaba que tan sólo un instante hace falta para perderse en ese remolino voraz que es el tiempo. Una lágrima fugitiva resbaló hasta morir en una de las rosas. Su mente había empezado a divagar, pero no logró encontrar ni un indicio de sus pensamientos, ni siquiera de los más insubstanciales. Trató de profundizar en sus emociones, sus recuerdos, pero no halló absolutamente nada. Había pasado tanto tiempo, que había olvidado cómo soñar.