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sábado, 21 de septiembre de 2013

La princesa loba.

El sol comenzaba a descender con lentitud para perderse finalmente en el lejano horizonte. Ella, como cada día desde que era niña, lo observaba desde la ventana de sus aposentos, pensando en lo hermoso que se veía el ocaso desde allí. Para ella, no era simplemente la habitual puesta de sol, sino que era el preludio a su momento favorito, cuando podía ser ella misma y su alma era libre por fin: la noche. Y justo esa misma noche, sería luna llena. Para cualquier persona normal, el plenilunio no tenía nada de especial, pero ella no era una persona normal. Ella tenía un secreto que guardaba profundamente en un rincón de su corazón, del que nadie sabía su existencia, ni siquiera sus padres. Impacientemente esperó a que el sol se pusiera por completo y, entonces, un manto de oscuridad cubrió totalmente el cielo. Las estrellas brillaban en lo alto, compitiendo por quien era la más luminosa y allí, en medio de todas ellas, con una tez blanquecina y con la forma de una circunferencia perfecta, estaba la luna. La muchacha se estremeció, ya empezaba a notar el cambio en su cuerpo. Sin perder tiempo, salió de su habitación y se dirigió a las escaleras de caracol que permitían bajar la torre en la que se encontraba. Sus pies descalzos se deslizaban por las frías baldosas y su camisón blanco como la nieve ondeaba con su paso acelerado.

Se podría decir, que la muchacha era una princesa. Igual que las de los cuentos de hadas, con su corona, con su castillo y con sus bonitos vestidos de seda y encaje. A pesar de su piel pálida y de sus profundos ojos negros, era una joven muy bella. Su cabello dorado caía en ondas sobre su espalada hasta la cintura y sus labios gruesos, su mirada reservada  y su pequeña y delicada nariz le daban a la princesa un toque sensual y especial que hacía que los hombres cayeran perdidamente enamorados de ella. 

Sin detenerse y lo más deprisa que pudo, salió al exterior. No tenía tiempo que perder, solo faltaban unos minutos para que el cambio se produjera. Se alejó  del castillo, adentrándose en el bosque. La brisa nocturna rozaba su piel y bailaba en su pelo y la luna era tan brillante que parecía que tenía luz propia. Un gran lago apareció entre los árboles, sus aguas eran tan oscuras como en ese momento lo era el cielo. La princesa se detuvo frente a él y esperó. En su interior sus músculos y huesos comenzaron a retorcerse  y a cambiar, un dolor insoportable inundó sus entrañas. Con un grito de dolor dobló las rodillas y cayó sobre la hierba. Alzó la cabeza para mirar a la luna y una sonrisa le cruzó el rostro. Era la hora. Comenzó a sentir un instinto animal que luchaba por salir al exterior y su alma se fundió con la naturaleza. El dolor se fue calmando poco a poco. Se notaba diferente. Era diferente. Lentamente se acercó al lago y contempló su reflejo. Lo que veía ya no era su rostro de princesa dulce y delicada. Se había convertido en lo que siempre había querido ser, desde que era una niña y comenzaron a ocurrirle los cambios. Pronto lo conseguiría, estaba cada vez más cerca. En los últimos meses había conseguido mantenerse con esa forma durante varios días tras la luna llena, corriendo por el bosque, sintiendo la tierra sobre sus pies, disfrutando de su libertad. Pronto podría quedarse así para siempre. Se olvidaría de los estúpidos bailes, las pedidas de matrimonio de los príncipes superficiales y de todas las cosas tontas de princesas. Echaría de menos a sus padres, eso sí, pero era el precio que debía pagar por conseguir lo que quería. Ya no tendría que preocuparse por cómo debía comportarse, hablar o vestirse. Sería ella misma. Levantó su hocico de nuevo a la luna llena y aulló. Ella era una princesa, pero no era como las demás. Era la princesa loba.

martes, 18 de junio de 2013

El amante de la luna.

El lobo. Siempre me ha fascinado ese animal. Es fuerte, veloz, elegante, fiel y amante de la luna. Una criatura incomprendida que vaga por los bosques huyendo de la presencia humana, luchando por sobrevivir en un mundo cada vez más contaminado por el ego humano. La gente piensa que es una bestia despiadada y voraz que mata por gusto, pero yo no lo veo así. La bestia somos nosotros. Destruimos sus bosques, cazamos su comida y matamos su especie. Los lobos están desapareciendo y los responsables somos nosotros. Nosotros y nuestro afán por arrasar todo lo que encontramos a nuestro paso. Nuestra solución a todos los problemas es la muerte. ¿Qué un animal se come nuestra cosecha? Lo matamos. ¿Que un animal se ha comido nuestro ganado? Lo matamos. ¿Que un animal nos ha mordido? Lo matamos. Pero claro, los seres racionales y justos somos nosotros. Creemos que los lobos, y otros animales, son un peligro para nosotros, pero en realidad somos nosotros un peligro para ellos. Cuando nos demos cuenta, será demasiado tarde.



sábado, 12 de enero de 2013

Un encuentro a medianoche. Parte 2


Se relamió los restos de sangre que le resbalaban por la boca. El pequeño conejo había corrido por salvar su vida, pero no lo suficiente para evitar su muerte. Su sangre fresca y su deliciosa carne habían servido para aliviar su hambre y su sed, pero eso sólo era un pequeño aperitivo. Necesitaba más. Alzó la cabeza para divisar alguna otra posible presa y su olfato captó la presencia de un olor dulce y diferente. Un olor humano. Movido por su ansia de sangre echó a correr por el espeso bosque en dirección a aquel olor tan apetecible. Estaba cerca. Podía oír los latidos de su inocente corazón.

Ella se paró en seco ante el enorme lago. Al final reconoció lo que llevaba negando desde hace rato. Se había perdido. Se dirigió hacia las aguas cristalinas y se agachó para lavarse el rostro. Estaba sudando por el terror y su corazón le latía a mil por hora. “¿Quién me mandaría adentrarme en el bosque de noche y sola?” se preguntó. Definitivamente era imbécil. Estaba contemplando la superficie tranquila del lago cuando de repente sintió un escalofrío que le puso los pelos de punta. Tenía la sensación de que alguien o algo a sus espaldas la estaba observando. Lentamente se puso en pie y se giró. Entre los árboles logró ver a la luz de la luna unos ojos aterradores que la miraban. Ella quería gritar, pero no fue capaz de pronunciar sonido alguno; quería correr, pero sus temblorosas piernas no le respondían. La bestia dio un paso y pudo verla con claridad. Era una criatura enorme de aspecto parecido al de un lobo, pero más fiero. Restos de sangre se deslizaban por los colmillos hasta precipitarse por la barbilla y finalmente caían sobre la hierba. Tenía una mirada petrificante y extrañamente humana. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió que sus piernas le respondieran y comenzó a correr como nunca antes lo había hecho. Notaba como la inmensa criatura la perseguía. Sabía que no iba a poder aguantar mucho más. Tarde o temprano la alcanzaría.

La presa era rápida, pero él lo era más. De pronto un obstáculo en el camino provocó la caída de su presa. Era el momento, no podía dejar escapar la oportunidad. Se acercó a ella y empezó a olerla. Era un olor delicioso. Miró sus ojos asustados. Sin saber por qué le parecían curiosamente familiares. La presa estaba aterrorizada y eso le gustaba. Le atraía el olor del miedo. Disfrutaba con el sufrimiento y los gritos de dolor de sus víctimas. La presa intentó levantarse, pero él no se lo permitió. Hincó sus afilados dientes en su carne. La presa chillaba y se retorcía, pero era en vano. Él succionaba su sangre lentamente y devoraba su blanda y deliciosa carne, hasta que su corazón dejó de latir y su respiración se detuvo.

La luna los contemplaba atentamente desde el cielo nocturno, observando la escena en silencio.

jueves, 10 de enero de 2013

Un encuentro a medianoche. Parte 1


Hola gente, aquí os traigo un relato que he escrito hace poco, espero que os guste. Como es un poco largo lo he dividido en dos partes. Aquí está la primera. Un beso :)

La luna llena se asomaba tímida entre las nubes, observando en silencio las criaturas de la noche mientras esperaban ansiosas la llegada de una víctima fácil que saciase sus ganas de sangre. La brisa nocturna rozaba con suavidad las hojas de los árboles, produciéndole un escalofrío. Caminaba descalzo entre el follaje, sin importarle las heridas que le producían la tierra húmeda y las piedras en el camino. No sentía el dolor punzante fruto de los cortes en su piel desnuda cuando las ramas de los árboles le rozaban. Su corazón latía cada vez más fuerte y su pulso se le aceleraba. Sentía cómo sus pupilas se dilataban y sus músculos se tensaban. Seguía caminando. No sabía hacia dónde iba ni dónde se encontraba. Sabía que tenía que hacer algo, pero no se acordaba qué era.

-¿Dónde se habrá metido?- Miró por décima vez el reloj – Había quedado en llamarme. Íbamos a dar un paseo bajo las estrellas.- Se tumbó sobre la cama y echó un vistazo al móvil. Nada, ni una llamada. Cerró los ojos y recordó otra vez los momentos que pasaron juntos. Los besos, las caricias, las promesas, las miradas. Se había sentido tan bien, tan viva. Y ahora no tenía noticias de él. Abrió los ojos y miró el reloj por enésima vez. Las once. Casi media noche.

Los sonidos de la noche no le tranquilizaban. Le ponían nervioso. Ahora podía oírlos con claridad. Sus sentidos se habían agudizado hasta el punto de que podía escuchar hasta más mínimo movimiento de las hojas al caer. Se paró en seco de repente y posó su mirada sobre la blanca luna que lo miraba desafiante. Sintió un profundo dolor en las entrañas que lo hizo caer de rodillas exhalando un grito estremecedor. Cerró los ojos y al fin se dejó llevar por su naturaleza salvaje. El vello del cuerpo empezó volverse más grueso y espeso, los dientes se le afilaron, sus manos se transformaron en garras y nació en su corazón un sentimiento voraz y un instinto animal. Dejó escapar un profundo aullido a la luna, que en ese momento pasó de ser su enemiga a convertirse en su aliada.

-Ya está, no aguanto más.-
Se levantó de la cama y se dirigió con paso decidido a la ventana. Se asomó a ella y observó la luna.
-Ya es medianoche, pero me da igual. Iré a su casa y le pediré explicaciones en persona.-
Cogió su móvil y su cazadora y salió por la puerta trasera intentando no despertar a sus padres.
Caminó por las calles con la única compañía de la luna llena y de los sonidos de la noche. Se alejó de la civilización y se adentró en el oscuro bosque. No le gustaba caminar sola a medianoche y empezaba a sentir miedo de verdad, pero necesitaba verle. Y para eso tenía que atravesar el bosque hasta llegar a la pequeña casa donde vivía él. Hizo caso omiso al temor que le recorría todo el cuerpo y siguió caminando sin detenerse. De pronto escuchó el aullido lejano de un lobo.