lunes, 11 de julio de 2016

Cuando vivir no es suficiente.

Huyen. Huyen de la guerra. Huyen con lo único que les queda: esperanza y ganas de vivir, aunque a medida que avanzan también lo acaban perdiendo. Vivimos en un mundo apático, que sólo se preocupa por el bienestar propio y el de los suyos, que vive en su burbuja de felicidad mientras el mundo más allá de sus fronteras arde. Creemos que somos los dueños de todo, el centro del universo, pero no. Somos personas, y como nosotras, hay millones más. Pero nuestro etnocentrismo no nos deja verlo. Miles de personas viajan día tras día sin descanso, por mar y por tierra, algunos se quedan en el camino y a los demás los trasladan a una jaula. No los queremos con nosotros, pero tampoco pueden regresar a sus hogares. Están en el limbo, en tierra de nadie, condenados a vivir como criminales, como repudiados, cuando su único “crimen” fue haber nacido en el lugar y momento equivocados. Vivimos en un mundo en el que los culpables son libres y los inocentes prisioneros. Un mundo donde al que no tiene nada se le rechaza y al que lo tiene todo se le alaba. Lo peor es que siempre ha sido así y eso no va a cambiar por mucho que lo intentemos. Ya he desistido en creer en un mundo mejor porque el ser humano es egoísta por naturaleza, por fin lo he aprendido. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, me seguiré aferrando a las buenas personas que sí hacen de este un mundo mejor, y sobre todo, mi corazón estará con esa gente que sin pretenderlo se ha visto perdida en la nada, con la esperanza dibujada en sus ojos, preguntándose por qué el mundo los odia, por qué a ellos.