Huyen. Huyen de la guerra. Huyen con lo único que les queda:
esperanza y ganas de vivir, aunque a medida que avanzan también lo acaban
perdiendo. Vivimos en un mundo apático, que sólo se preocupa por el bienestar
propio y el de los suyos, que vive en su burbuja de felicidad mientras el mundo
más allá de sus fronteras arde. Creemos que somos los dueños de todo, el centro
del universo, pero no. Somos personas, y como nosotras, hay millones más. Pero
nuestro etnocentrismo no nos deja verlo. Miles de personas viajan día tras día
sin descanso, por mar y por tierra, algunos se quedan en el camino y a los
demás los trasladan a una jaula. No los queremos con nosotros, pero tampoco
pueden regresar a sus hogares. Están en el limbo, en tierra de nadie,
condenados a vivir como criminales, como repudiados, cuando su único “crimen”
fue haber nacido en el lugar y momento equivocados. Vivimos en un mundo en el
que los culpables son libres y los inocentes prisioneros. Un mundo donde al que
no tiene nada se le rechaza y al que lo tiene todo se le alaba. Lo peor es que
siempre ha sido así y eso no va a cambiar por mucho que lo intentemos. Ya he
desistido en creer en un mundo mejor porque el ser humano es egoísta por
naturaleza, por fin lo he aprendido. Pero como la esperanza es lo último que se
pierde, me seguiré aferrando a las buenas personas que sí hacen de este un
mundo mejor, y sobre todo, mi corazón estará con esa gente que sin pretenderlo
se ha visto perdida en la nada, con la esperanza dibujada en sus ojos,
preguntándose por qué el mundo los odia, por qué a ellos.