Para mí, la soledad es como una burbuja que nos protege del
peligro exterior. A
veces, estar rodeado de gente puede ser asfixiante y estresante, pero cuando
estás solo, respiras una paz y una tranquilidad que difícilmente podrías conseguir
en medio de una sociedad llena de prejuicios, malos modales e hipocresía. Siempre
marcando lo que debes y lo que no debes hacer, lo que es bueno y lo que es
malo, lo que está de moda y lo que no, poniendo etiquetas a todo y rechazando a
los que se apartan de los moldes establecidos. No es malo estar solo de vez en
cuando. Tienes tiempo para pensar en todo lo que ha sucedido en tu vida, para arrepentirte de las cosas que has hecho y para enorgullecerte de otras, para poner en funcionamiento tu
imaginación y, en definitiva, para estar a solas con tus pensamientos. Ser tú
mismo. En medio de la soledad, el tiempo parece transcurrir más despacio, los
segundos parecen minutos, y los minutos horas.
A veces necesitas irte a un lugar donde no puedan encontrarte, respirar
hondo y alejarte del resto del mundo. Sólo tú, tú mismo y el tiempo.
martes, 29 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
¿Es bueno equivocarse?
¿No os pasó alguna vez que os habría gustado dar marcha
atrás en el tiempo y tomar otra decisión, la decisión correcta? A mí sí,
demasiadas veces. Soy torpe, despistada y no soy buena tomando decisiones. Me
equivoco mucho. Y eso es bueno, porque de los errores se aprende, o al menos
eso dice la gente. Y yo creo que tienen toda la razón del mundo, el problema es
que los errores que hemos cometido no nos los quita nadie. Quedan ahí, en tu
memoria o en tu corazón, recordándote lo tonta que has sido y las cosas que podrías
haber hecho para que no ocurriese lo que pasó. Porque esa es otra, siempre
estarás recordándote a cada momento lo que podría haber pasado y no pasó, lo
que podrías haber hecho y no hiciste, lo que podrías haber dicho y no dijiste.
Y lo peor de todo es que yo no aprendo. Sigo cometiendo los mismos errores una
y otra vez, sigo siendo la misma chica torpe y tonta que era al principio.
sábado, 12 de enero de 2013
Un encuentro a medianoche. Parte 2
Se relamió los restos de sangre que le resbalaban por la
boca. El pequeño conejo había corrido por salvar su vida, pero no lo suficiente
para evitar su muerte. Su sangre fresca y su deliciosa carne habían servido
para aliviar su hambre y su sed, pero eso sólo era un pequeño aperitivo.
Necesitaba más. Alzó la cabeza para divisar alguna otra posible presa y su
olfato captó la presencia de un olor dulce y diferente. Un olor humano. Movido
por su ansia de sangre echó a correr por el espeso bosque en dirección a aquel
olor tan apetecible. Estaba cerca. Podía oír los latidos de su inocente
corazón.
Ella se paró en seco ante el enorme lago. Al final reconoció
lo que llevaba negando desde hace rato. Se había perdido. Se dirigió hacia las
aguas cristalinas y se agachó para lavarse el rostro. Estaba sudando por el
terror y su corazón le latía a mil por hora. “¿Quién me mandaría adentrarme en
el bosque de noche y sola?” se preguntó. Definitivamente era imbécil. Estaba
contemplando la superficie tranquila del lago cuando de repente sintió un
escalofrío que le puso los pelos de punta. Tenía la sensación de que alguien o
algo a sus espaldas la estaba observando. Lentamente se puso en pie y se giró.
Entre los árboles logró ver a la luz de la luna unos ojos aterradores que la
miraban. Ella quería gritar, pero no fue capaz de pronunciar sonido alguno;
quería correr, pero sus temblorosas piernas no le respondían. La bestia dio un
paso y pudo verla con claridad. Era una criatura enorme de aspecto parecido al
de un lobo, pero más fiero. Restos de sangre se deslizaban por los colmillos
hasta precipitarse por la barbilla y finalmente caían sobre la hierba. Tenía
una mirada petrificante y extrañamente humana. Con un esfuerzo sobrehumano
consiguió que sus piernas le respondieran y comenzó a correr como nunca antes
lo había hecho. Notaba como la inmensa criatura la perseguía. Sabía que no iba a
poder aguantar mucho más. Tarde o temprano la alcanzaría.
La presa era rápida, pero él lo era más. De pronto un
obstáculo en el camino provocó la caída de su presa. Era el momento, no podía
dejar escapar la oportunidad. Se acercó a ella y empezó a olerla. Era un olor
delicioso. Miró sus ojos asustados. Sin saber por qué le parecían curiosamente
familiares. La presa estaba aterrorizada y eso le gustaba. Le atraía el olor
del miedo. Disfrutaba con el sufrimiento y los gritos de dolor de sus víctimas.
La presa intentó levantarse, pero él no se lo permitió. Hincó sus afilados dientes
en su carne. La presa chillaba y se retorcía, pero era en vano. Él succionaba
su sangre lentamente y devoraba su blanda y deliciosa carne, hasta que su
corazón dejó de latir y su respiración se detuvo.
La luna los contemplaba atentamente desde el cielo nocturno,
observando la escena en silencio.
jueves, 10 de enero de 2013
Un encuentro a medianoche. Parte 1
Hola gente, aquí os traigo un relato que he escrito hace poco, espero que os guste. Como es un poco largo lo he dividido en dos partes. Aquí está la primera. Un beso :)
La luna llena se asomaba tímida entre las nubes, observando
en silencio las criaturas de la noche mientras esperaban ansiosas la llegada de
una víctima fácil que saciase sus ganas de sangre. La brisa nocturna rozaba con
suavidad las hojas de los árboles, produciéndole un escalofrío. Caminaba
descalzo entre el follaje, sin importarle las heridas que le producían la tierra
húmeda y las piedras en el camino. No sentía el dolor punzante fruto de los
cortes en su piel desnuda cuando las ramas de los árboles le rozaban. Su
corazón latía cada vez más fuerte y su pulso se le aceleraba. Sentía cómo sus
pupilas se dilataban y sus músculos se tensaban. Seguía caminando. No sabía
hacia dónde iba ni dónde se encontraba. Sabía que tenía que hacer algo, pero no
se acordaba qué era.
-¿Dónde se habrá metido?- Miró por décima vez el reloj –
Había quedado en llamarme. Íbamos a dar un paseo bajo las estrellas.- Se tumbó
sobre la cama y echó un vistazo al móvil. Nada, ni una llamada. Cerró los ojos
y recordó otra vez los momentos que pasaron juntos. Los besos, las caricias,
las promesas, las miradas. Se había sentido tan bien, tan viva. Y ahora no
tenía noticias de él. Abrió los ojos y miró el reloj por enésima vez. Las once.
Casi media noche.
Los sonidos de la noche no le tranquilizaban. Le ponían
nervioso. Ahora podía oírlos con claridad. Sus sentidos se habían agudizado
hasta el punto de que podía escuchar hasta más mínimo movimiento de las hojas
al caer. Se paró en seco de repente y posó su mirada sobre la blanca luna que
lo miraba desafiante. Sintió un profundo dolor en las entrañas que lo hizo caer
de rodillas exhalando un grito estremecedor. Cerró los ojos y al fin se dejó
llevar por su naturaleza salvaje. El vello del cuerpo empezó volverse más
grueso y espeso, los dientes se le afilaron, sus manos se transformaron en
garras y nació en su corazón un sentimiento voraz y un instinto animal. Dejó
escapar un profundo aullido a la luna, que en ese momento pasó de ser su
enemiga a convertirse en su aliada.
-Ya está, no aguanto más.-
Se levantó de la cama y se dirigió con paso decidido a la
ventana. Se asomó a ella y observó la luna.
-Ya es medianoche, pero me da igual. Iré a su casa y le
pediré explicaciones en persona.-
Cogió su móvil y su cazadora y salió por la puerta trasera
intentando no despertar a sus padres.
Caminó por las calles con la única compañía de la luna llena
y de los sonidos de la noche. Se alejó de la civilización y se adentró en el
oscuro bosque. No le gustaba caminar sola a medianoche y empezaba a sentir
miedo de verdad, pero necesitaba verle. Y para eso tenía que atravesar el
bosque hasta llegar a la pequeña casa donde vivía él. Hizo caso omiso al temor
que le recorría todo el cuerpo y siguió caminando sin detenerse. De pronto
escuchó el aullido lejano de un lobo.
sábado, 5 de enero de 2013
Tempus fugit.
Un día miras hacia atrás y te das cuenta de que ya nada
volverá a ser como antes. El pasado nunca vuelve, ya lo decía aquella canción.
Todos los recuerdos, los juegos infantiles, las historias felices y las no tan
felices, los sueños que no se han cumplido, los errores, las victorias, los
fracasos, las lágrimas, las sonrisas, todas esas cosas que dejaste atrás y que
nunca recuperarás.
A veces el pasado no te importa, piensas que sólo es agua
pasada, agua sucia y estancada que se quedará ahí, en el olvido, esperando a
que alguien le dirija una última mirada y le sonría, al menos durante una
milésima de segundo. Quieres vivir el presente y disfrutar del momento, “carpe
diem” es tu filosofía de vida, tu lema. Incluso, en tus momentos de éxtasis y
de alegría, tienes tiempo para pensar en tus planes de futuro, en todas las
cosas que deseas hacer. Tus metas, tus proyectos y tus sueños.
Pero no debes olvidarte del pasado. Es la única forma de
aprender de tus errores, de volver a vivir los buenos momentos, aunque sólo sea
en tu mente, de seguir siendo un niño y de no olvidar quién eres. Y sí, el
tiempo pasa rápido, eso es inevitable, aunque veces queramos que se detenga el
tiempo y descansar de todo el estrés y el ajetreo que nos proporciona la vida.
Cuando nos queremos dar cuenta, el presente ya es el pasado y el futuro, el
presente.
Sonríe al pasado, vive el presente y construye tu futuro.
jueves, 3 de enero de 2013
El viento azotaba con fuerza las ventanas. Pequeñas gotas de
lluvia se deslizaban lentamente por los cristales como delicadas bailarinas que
danzan hasta que les duelen los pies. Me acerqué y miré al exterior. La gente
se refugiaba del potente vendaval bajo sus paraguas y los coches les salpicaban
al pasar por los numerosos charcos de lluvia fresca. Observé cómo una mujer
luchaba con fiereza contra el paraguas que amenazaba con romperse y salir
volando. Las olas se elevaban como gigantes imponentes y caían provocando un ruido
sordo. Sonreí. Era un espectáculo maravilloso. De repente, mis ojos captaron
una estela de luz brillante y cegadora que surcaba el cielo. Un rayo. Yo ya lo
esperaba. Segundos antes había escuchado el trueno que precede al relámpago y
había esperado con ansia su llegada.
Me gustan las tormentas. Son una prueba de lo poderosa y
aterradora que puede llegar a ser la naturaleza. Y nosotros, como diminutos y
frágiles seres que somos, nos limitamos a observar su trabajo y a esperar a que
todo pase y vuelva otra vez la calma.
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