Vivo en la línea que divide el sueño de la realidad. Viajo
por mundos desconocidos creados por mi mente, donde no importa lo que haga
porque no es real, tan sólo es una ilusión en la que me gusta refugiarme de vez
en cuando. Cierro los ojos y no veo oscuridad, sino otra vida distinta a la
mía. Pero de pronto doy media vuelta y la realidad choca contra mí, rompiéndome
en miles de pedacitos de cristal.
Siempre intentamos huir de la realidad. Preferimos
refugiarnos en los sueños, nos sentimos más seguros. En ese lugar tan anhelado
podemos hacer todo lo que queramos, sin que nadie nos juzgue. Podemos ser
quienes nosotros queramos ser y tirarnos al vacío sin sufrir ningún daño. El
tiempo parece detenerse y la suerte está a nuestro favor. A veces, incluso nos sumergimos demasiado en
ellos. Tanto, que olvidamos la diferencia entre sueño y realidad. Olvidamos que
es tan sólo una ilusión creada por nosotros, para ser felices y para
olvidarnos de los problemas. Es como si viviéramos en el fondo del océano,
perdiéndonos en las profundidades y alejándonos del resto del mundo, moviendo
las piernas y brazos para hundirnos cada vez más. Y nos gusta ese nuevo mundo.
Hay cosas que en el mundo exterior no existen. Podemos lograr todo lo que nos
propongamos y siempre ganamos. Pero tarde temprano tenemos que subir a la
superficie para coger aire y volver a ver más allá de nuestras narices, la vida
que nos estamos perdiendo mientras vagamos en el profundo abismo bajo el mar. Es
verdad que la realidad no siempre es como quisiéramos, por eso tendemos a
evitarla. Pero cuanto más nos alejamos de ella, más duro se nos hace
afrontarla. Sería bonito pensar que la
vida es un sueño y que nosotros elegimos nuestro destino, sin temer lo que nos
pueda ocurrir en el camino.
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