Huyen. Huyen de la guerra. Huyen con lo único que les queda:
esperanza y ganas de vivir, aunque a medida que avanzan también lo acaban
perdiendo. Vivimos en un mundo apático, que sólo se preocupa por el bienestar
propio y el de los suyos, que vive en su burbuja de felicidad mientras el mundo
más allá de sus fronteras arde. Creemos que somos los dueños de todo, el centro
del universo, pero no. Somos personas, y como nosotras, hay millones más. Pero
nuestro etnocentrismo no nos deja verlo. Miles de personas viajan día tras día
sin descanso, por mar y por tierra, algunos se quedan en el camino y a los
demás los trasladan a una jaula. No los queremos con nosotros, pero tampoco
pueden regresar a sus hogares. Están en el limbo, en tierra de nadie,
condenados a vivir como criminales, como repudiados, cuando su único “crimen”
fue haber nacido en el lugar y momento equivocados. Vivimos en un mundo en el
que los culpables son libres y los inocentes prisioneros. Un mundo donde al que
no tiene nada se le rechaza y al que lo tiene todo se le alaba. Lo peor es que
siempre ha sido así y eso no va a cambiar por mucho que lo intentemos. Ya he
desistido en creer en un mundo mejor porque el ser humano es egoísta por
naturaleza, por fin lo he aprendido. Pero como la esperanza es lo último que se
pierde, me seguiré aferrando a las buenas personas que sí hacen de este un
mundo mejor, y sobre todo, mi corazón estará con esa gente que sin pretenderlo
se ha visto perdida en la nada, con la esperanza dibujada en sus ojos,
preguntándose por qué el mundo los odia, por qué a ellos.
lunes, 11 de julio de 2016
lunes, 15 de febrero de 2016
Se despertó de un sueño profundo...
Se despertó de un sueño profundo tan largo como una noche de invierno, rodeada
de rosas que olían a melancolía. Sus labios resecos se separaron lentamente para dejar salir un
quejido minúsculo, débil, con un regusto a polvo y a caducidad. Sus
extremidades permanecían inertes, como los de una momia milenaria, pero su
corazón latía vehemente atrapado en un cascarón que le venía pequeño. Sus ojos
escudriñaban el techo abovedado brillando
de emoción, con la alegría de estar vivos de nuevo. Eran de un azul turquesa
que helaba el alma de quienes los contemplaban por primera vez, con una fina
línea acastañada en el iris. Sus cabellos negros se esparcían por el césped en
múltiples direcciones, como serpientes que se arrastran en busca de una luz que
les proporcione ese libre albedrío que tanto ansían. Parecía una eternidad el
tiempo que había pasado desde que cerró los ojos por última vez, pero no se
imaginaba que tan sólo un instante hace falta para perderse en ese remolino
voraz que es el tiempo. Una lágrima fugitiva resbaló hasta morir en una de las rosas. Su mente había empezado a divagar, pero no logró encontrar ni un indicio de sus pensamientos, ni siquiera de los más insubstanciales. Trató de profundizar en sus emociones, sus recuerdos, pero no halló absolutamente nada. Había pasado tanto tiempo, que había olvidado cómo soñar.
domingo, 30 de agosto de 2015
Una analogía.
Los poemas son como el mar. Los hay rudos, desordenados,
implacables por la dificultad de escudriñar su significado intrínseco, como un
mar bravo. Otros son lisos, finos y vacíos de significado, como un mar en
calma. Por último, están los que parecen toscos a primera vista pero, cuando te
acercas a ellos, descubres que puedes deslizarte dócilmente a su merced y
entresacar las maravillas que esconden, como el mar cuando produce sus suaves ondas
a causa de la brisa matutina. Estos últimos son los más especiales y los más arduos de
encontrar.
miércoles, 26 de agosto de 2015
De huidas, sueños y decisiones.
Busco desesperadamente un intento de fuga, un resquicio
minúsculo que me haga desaparecer. Huir de estas cuatro paredes, volatilizarme
como un copo de nieve indefenso ante un
rayo de sol. Como las lágrimas cuando deciden asomar y recorrer la blanca piel
de mis mejillas. Vivo entre el miedo a despegar y las ansias de echar a volar.
Indago mil maneras de perderme y encuentro mil formas de desesperación. Canto a
la vida, a la libertad y a los sueños. Y despierto con ganas de comenzar algo
nuevo. Un nuevo viaje, una nueva aventura.
Sucede que una niña nunca deja de serlo y que por mucho que
lo intente su mente y alma no cambiarán su rumbo. Los hados lo saben, ella lo sabe, su corazón
también lo sabe. El problema es que ella sí quiere cambiar su rumbo, luchar por
algo que se agita en su interior, en la fosa profunda que reside en su ser. Lograrlo
o no lograrlo solo depende de sus decisiones.
Y las decisiones nunca son fáciles de tomar.
martes, 7 de julio de 2015
Que el destino elija por mí.
He contado los pasos que tendría que dar para perderme.
Perderme para encontrarme, para llegar al punto en el que todos mis caminos se
crucen. Para llegar al día en el que diga: Sí, este es el tiempo y el momento
correctos. Y desde entonces, simplemente dejarme llevar. Deslizarme a toda
velocidad por un tobogán con todas las cartas puestas sobre la mesa. No, mejor
coger todas las cartas y lanzarlas por los aires. Mezclarlas unas con otras y
echar a correr. Que el viento me lleve y que el destino elija por mí.
miércoles, 10 de junio de 2015
Inefable sensación.

Solamente un sentimiento: ¿Amor? No, algo que pueda producir una ciudad, una región, en definitiva, un lugar, no puede ser amor. Tiene que ser algo más, algo que va más allá de lo imaginable, algo que no se puede describir con palabras. Es un sentimiento que te hace recordar, que te evoca momentos, épocas, que nunca has vivido. Es una sensación de vacío que a la vez te llena de emoción cada vez que tu pensamiento te traslada a miles de kilómetros a aquel lugar donde sabes que te sentirás a gusto, como si hubieras nacido para pisar esa tierra llena de sabiduría, historias y promesas. No es nada fácil sentir algo así. Te pierdes en ensoñaciones, trazas con el dedo rutas imaginarias, observas con vehemencia un cielo que no es el tuyo; una roca, una columna, un trozo de mármol, son sólo trozos de un puzzle que construyes en tu mente, soñando con que algún día, quizás no muy lejano, lo podrás ver con tus propios ojos absortos y petrificados ante las maravillas que se alzan frente a ellos.
miércoles, 28 de enero de 2015
Relato: El renacer de un hada. Parte 2.
Mi trabajo consistía en la atención y cuidado de los
gorgons. Les llevaba la comida, les lavaba, limpiaba el imponente palacio de
piedra en el que vivían… No era uno de los trabajos más duros, pero era
bastante desagradable. Los gorgons no eran unas criaturas demasiado agraciadas.
Eran enormes bolas de grasa grisáceas, siempre olían mal aunque se aseasen
todos los días y se deslizaban por el suelo como gusanos gigantes. Tenían dos
diminutos brazos que poco les servían de algo y dientes afilados como cuchillas.
A pesar de su aspecto, aquellos feos y malolientes seres poseían un gran poder
y una fuerza descomunal. Pocos eran los que se atrevían a hacerles frente y
menos aún eran los que conseguían acabar con ellos.
Fregaba con repugnancia la substancia viscosa que dejaban
los gorgons allí por donde pasaban mientras contemplaba el anillo que me había
regalado Donan. Me parecía sorprendente que hubiera podido extraer y llevarse
un diamante de las minas sin que nadie se diera cuenta, pero sobretodo, que lo
hubiera hecho por mí. Rememoré con nostalgia los momentos que habíamos pasado
juntos casi desde que nacimos. Las comidas con mi familia y la suya, los juegos,
las risas, las bromas… Él había sido una parte muy importante de mi vida
anterior a la masacre, y lo único que quedaba de ella. En ese instante,
admirando la pureza y brillantez de mi obsequio y borrando las huellas de las
criaturas que tanto daño nos estaban causando, me di cuenta de cuan vacía sería
mi vida sin él. Y que era posible que en la batalla que estábamos a punto de
librar, uno de nosotros no consiguiera salir con vida.
Cayó la noche y me dirigí hacia el lugar donde habíamos
quedado en reunirnos: el lago Elven. Cuenta la leyenda que las antiguas hadas
habían surgido de aquellas aguas y desde entonces se había convertido en un
lugar sagrado. Aquella leyenda tenía mucho que ver con el ritual que estábamos
a punto de realizar. Hacía años que las hadas se habían extinguido, sin embargo
no ocurrió así con su magia. Cada cierto tiempo nace una niña destinada a ser
la heredera de las hadas; su poder permanece oculto en su interior,
aguardando el día en el que despierte y
haga renacer de nuevo a las hadas. Aquellas niñas se reconocían por sus orejas
puntiagudas, algo que caracteriza a las criaturas mágicas del bosque. Y yo era
una de ellas. En total éramos siete en nuestra aldea, y el ritual tenía como
propósito el hacer despertar nuestra magia dormida, la única capaz de
enfrentarse a la de los gorgons. Nosotras éramos el arma secreta.
Cuando llegué ya había algunas personas en la orilla del Elven.
Dos chicas me saludaron amistosamente, Gema y Niss, que también eran como yo.
Su nerviosismo se dejaba entrever por las facciones de su rostro y sus gestos
torpes. Normal, yo también estaba algo asustada. Lo que estábamos a punto de
hacer era demasiado grande e importante como para llevarlo con calma. Cuando
estuvimos todos, Reik tomó la palabra.
-Ha llegado el momento que tanto ansiábamos. Estamos a punto
de pasar a la historia, de dar un paso tremendamente importante para nuestro
futuro. Hoy, si todo sale bien, comenzará nuestro viaje hacia la libertad.
Todo el mundo aplaudió con entusiasmo. Las siete chicas nos
pusimos en línea recta y Reik y algunos más comenzaron a dibujarnos runas en
nuestro rostro, cuello y brazos. A continuación, nuestro líder abrió un libro viejo y gastado y comenzó a leer en el idioma élfico un hechizo para
despertar una magia antigua y perdida.
No noté nada. Miré hacia los lados a mis compañeras pero
parecían tan confusas como yo. El hechizo terminó y Reik volvió a hablar, pero
esta vez en nuestro idioma.
-Ya está, el siguiente paso debéis hacerlo vosotras solas.
Nosotros debemos marcharnos.
La gente comenzó a irse pero alguien quedó rezagado y caminó
hacia mí. Era Donan.
-Te deseo mucha suerte. Ya me contarás mañana qué tal la
experiencia.-Me dijo, dándome un apretón cariñoso en el hombro.
-Espero que dé resultado.
-Todo saldrá bien, no te preocupes.- Donan comenzó a
marcharse, pero yo lo detuve.
-¡Espera, Donan!- Él se giro y me miró- ¿Qué pasará si me
ocurre algo a mí? ¿Cómo me recordarás?
El sonrió y me dijo con dulzura:
-Nada en este mundo podrá hacer que te olvide, Lynn.
Y sin dejarme tiempo a contestar, desapareció entre el
oscuro ramaje del bosque.
El tercer y último paso del ritual consistía en sumergirnos
en las heladas aguas del Elven. Las primeras hadas habían nacido ahí, y ahí era
también donde naceríamos nosotras como las nuevas hadas. Nos miramos con temor
y algo de ilusión reflejados en nuestra mirada y sin decir nada nos
introducimos en la líquida superficie. Caminamos y caminamos, ignorando el frío
que penetraba en nuestros huesos y nuestra piel de gallina y cuando el agua nos
llegaba hasta los hombros, nos zambullimos. Y entonces, algo extraño sucedió.
¿Alguna vez os habéis imaginado cómo sería el renacer de un hada? Pensad en una
bomba que hubiera estado oculta durante años en algún lugar y ahora, por un
simple toque, un soplo de viento o lo que fuera se liberase en una gran
explosión llegando su onda expansiva a todos los rincones habidos y por haber.
Eso era lo que sentía yo en mi interior. Un inmenso y antiguo poder procedente
de mi corazón comenzó a expandirse por todo mi cuerpo, recorriendo cada una de
mis extremidades hasta la punta de mis dedos e incluso de mis cabellos. Noté
cómo todo mi cuerpo se paralizaba sin poder mover ni un músculo. Alcé la vista
y observé la superficie del lago alejándose cada vez más, la luz de la luna
haciéndose cada vez más diminuta y la oscuridad cerniéndose sobre mí con gran
rapidez. Entré en pánico e intenté mover mis brazos y piernas para intentar
elevarme pero era inútil. Grité con todas mis fuerzas y el agua entró por mi
boca y mis fosas nasales, ahogándome. Entonces sentí cómo me elevaba
lentamente, sin casi darme cuenta, hasta que mi cabeza rompió con la superficie
y respiré aire puro. Sin saber cómo seguí elevándome más y más hasta que me
detuve de pronto. En ese momento me di cuenta con sorpresa de que mis pies no
tocaban ninguna superficie sólida ni líquida. Estaba volando. Miré a mi
alrededor y vi a mis compañeras flotando. En su espalda, unas alas finas y casi
transparentes se movían sincronizadas. Giré mi cabeza hacia mi propia espalda y
solté un grito. ¡Tenía alas! Y eran preciosas. Pero esa no era la única
sorpresa. Mi piel brillaba, como si estuviera cubierta de cristales muy
pequeñitos, brillaba tanto que el diamante de mi anillo quedaba eclipsado. Escuché
gritos de alegría alrededor de mí.
-¡Lo hemos logrado!
-¡Al fin!
-¡Ha funcionado!
Sí, había funcionado. Ahora éramos poderosas y con nuestra
magia tendríamos posibilidades de derrotar a los gorgons. Sonreí, mientras
recordaba las palabras de mi madre, pues al fin su deseo podría hacerse
realidad. La batalla por nuestra libertad estaba a punto de comenzar. Las hadas
habían vuelto.
FIN
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