Mi trabajo consistía en la atención y cuidado de los
gorgons. Les llevaba la comida, les lavaba, limpiaba el imponente palacio de
piedra en el que vivían… No era uno de los trabajos más duros, pero era
bastante desagradable. Los gorgons no eran unas criaturas demasiado agraciadas.
Eran enormes bolas de grasa grisáceas, siempre olían mal aunque se aseasen
todos los días y se deslizaban por el suelo como gusanos gigantes. Tenían dos
diminutos brazos que poco les servían de algo y dientes afilados como cuchillas.
A pesar de su aspecto, aquellos feos y malolientes seres poseían un gran poder
y una fuerza descomunal. Pocos eran los que se atrevían a hacerles frente y
menos aún eran los que conseguían acabar con ellos.
Fregaba con repugnancia la substancia viscosa que dejaban
los gorgons allí por donde pasaban mientras contemplaba el anillo que me había
regalado Donan. Me parecía sorprendente que hubiera podido extraer y llevarse
un diamante de las minas sin que nadie se diera cuenta, pero sobretodo, que lo
hubiera hecho por mí. Rememoré con nostalgia los momentos que habíamos pasado
juntos casi desde que nacimos. Las comidas con mi familia y la suya, los juegos,
las risas, las bromas… Él había sido una parte muy importante de mi vida
anterior a la masacre, y lo único que quedaba de ella. En ese instante,
admirando la pureza y brillantez de mi obsequio y borrando las huellas de las
criaturas que tanto daño nos estaban causando, me di cuenta de cuan vacía sería
mi vida sin él. Y que era posible que en la batalla que estábamos a punto de
librar, uno de nosotros no consiguiera salir con vida.
Cayó la noche y me dirigí hacia el lugar donde habíamos
quedado en reunirnos: el lago Elven. Cuenta la leyenda que las antiguas hadas
habían surgido de aquellas aguas y desde entonces se había convertido en un
lugar sagrado. Aquella leyenda tenía mucho que ver con el ritual que estábamos
a punto de realizar. Hacía años que las hadas se habían extinguido, sin embargo
no ocurrió así con su magia. Cada cierto tiempo nace una niña destinada a ser
la heredera de las hadas; su poder permanece oculto en su interior,
aguardando el día en el que despierte y
haga renacer de nuevo a las hadas. Aquellas niñas se reconocían por sus orejas
puntiagudas, algo que caracteriza a las criaturas mágicas del bosque. Y yo era
una de ellas. En total éramos siete en nuestra aldea, y el ritual tenía como
propósito el hacer despertar nuestra magia dormida, la única capaz de
enfrentarse a la de los gorgons. Nosotras éramos el arma secreta.
Cuando llegué ya había algunas personas en la orilla del Elven.
Dos chicas me saludaron amistosamente, Gema y Niss, que también eran como yo.
Su nerviosismo se dejaba entrever por las facciones de su rostro y sus gestos
torpes. Normal, yo también estaba algo asustada. Lo que estábamos a punto de
hacer era demasiado grande e importante como para llevarlo con calma. Cuando
estuvimos todos, Reik tomó la palabra.
-Ha llegado el momento que tanto ansiábamos. Estamos a punto
de pasar a la historia, de dar un paso tremendamente importante para nuestro
futuro. Hoy, si todo sale bien, comenzará nuestro viaje hacia la libertad.
Todo el mundo aplaudió con entusiasmo. Las siete chicas nos
pusimos en línea recta y Reik y algunos más comenzaron a dibujarnos runas en
nuestro rostro, cuello y brazos. A continuación, nuestro líder abrió un libro viejo y gastado y comenzó a leer en el idioma élfico un hechizo para
despertar una magia antigua y perdida.
No noté nada. Miré hacia los lados a mis compañeras pero
parecían tan confusas como yo. El hechizo terminó y Reik volvió a hablar, pero
esta vez en nuestro idioma.
-Ya está, el siguiente paso debéis hacerlo vosotras solas.
Nosotros debemos marcharnos.
La gente comenzó a irse pero alguien quedó rezagado y caminó
hacia mí. Era Donan.
-Te deseo mucha suerte. Ya me contarás mañana qué tal la
experiencia.-Me dijo, dándome un apretón cariñoso en el hombro.
-Espero que dé resultado.
-Todo saldrá bien, no te preocupes.- Donan comenzó a
marcharse, pero yo lo detuve.
-¡Espera, Donan!- Él se giro y me miró- ¿Qué pasará si me
ocurre algo a mí? ¿Cómo me recordarás?
El sonrió y me dijo con dulzura:
-Nada en este mundo podrá hacer que te olvide, Lynn.
Y sin dejarme tiempo a contestar, desapareció entre el
oscuro ramaje del bosque.
El tercer y último paso del ritual consistía en sumergirnos
en las heladas aguas del Elven. Las primeras hadas habían nacido ahí, y ahí era
también donde naceríamos nosotras como las nuevas hadas. Nos miramos con temor
y algo de ilusión reflejados en nuestra mirada y sin decir nada nos
introducimos en la líquida superficie. Caminamos y caminamos, ignorando el frío
que penetraba en nuestros huesos y nuestra piel de gallina y cuando el agua nos
llegaba hasta los hombros, nos zambullimos. Y entonces, algo extraño sucedió.
¿Alguna vez os habéis imaginado cómo sería el renacer de un hada? Pensad en una
bomba que hubiera estado oculta durante años en algún lugar y ahora, por un
simple toque, un soplo de viento o lo que fuera se liberase en una gran
explosión llegando su onda expansiva a todos los rincones habidos y por haber.
Eso era lo que sentía yo en mi interior. Un inmenso y antiguo poder procedente
de mi corazón comenzó a expandirse por todo mi cuerpo, recorriendo cada una de
mis extremidades hasta la punta de mis dedos e incluso de mis cabellos. Noté
cómo todo mi cuerpo se paralizaba sin poder mover ni un músculo. Alcé la vista
y observé la superficie del lago alejándose cada vez más, la luz de la luna
haciéndose cada vez más diminuta y la oscuridad cerniéndose sobre mí con gran
rapidez. Entré en pánico e intenté mover mis brazos y piernas para intentar
elevarme pero era inútil. Grité con todas mis fuerzas y el agua entró por mi
boca y mis fosas nasales, ahogándome. Entonces sentí cómo me elevaba
lentamente, sin casi darme cuenta, hasta que mi cabeza rompió con la superficie
y respiré aire puro. Sin saber cómo seguí elevándome más y más hasta que me
detuve de pronto. En ese momento me di cuenta con sorpresa de que mis pies no
tocaban ninguna superficie sólida ni líquida. Estaba volando. Miré a mi
alrededor y vi a mis compañeras flotando. En su espalda, unas alas finas y casi
transparentes se movían sincronizadas. Giré mi cabeza hacia mi propia espalda y
solté un grito. ¡Tenía alas! Y eran preciosas. Pero esa no era la única
sorpresa. Mi piel brillaba, como si estuviera cubierta de cristales muy
pequeñitos, brillaba tanto que el diamante de mi anillo quedaba eclipsado. Escuché
gritos de alegría alrededor de mí.
-¡Lo hemos logrado!
-¡Al fin!
-¡Ha funcionado!
Sí, había funcionado. Ahora éramos poderosas y con nuestra
magia tendríamos posibilidades de derrotar a los gorgons. Sonreí, mientras
recordaba las palabras de mi madre, pues al fin su deseo podría hacerse
realidad. La batalla por nuestra libertad estaba a punto de comenzar. Las hadas
habían vuelto.
FIN
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