Se despertó de un sueño profundo tan largo como una noche de invierno, rodeada
de rosas que olían a melancolía. Sus labios resecos se separaron lentamente para dejar salir un
quejido minúsculo, débil, con un regusto a polvo y a caducidad. Sus
extremidades permanecían inertes, como los de una momia milenaria, pero su
corazón latía vehemente atrapado en un cascarón que le venía pequeño. Sus ojos
escudriñaban el techo abovedado brillando
de emoción, con la alegría de estar vivos de nuevo. Eran de un azul turquesa
que helaba el alma de quienes los contemplaban por primera vez, con una fina
línea acastañada en el iris. Sus cabellos negros se esparcían por el césped en
múltiples direcciones, como serpientes que se arrastran en busca de una luz que
les proporcione ese libre albedrío que tanto ansían. Parecía una eternidad el
tiempo que había pasado desde que cerró los ojos por última vez, pero no se
imaginaba que tan sólo un instante hace falta para perderse en ese remolino
voraz que es el tiempo. Una lágrima fugitiva resbaló hasta morir en una de las rosas. Su mente había empezado a divagar, pero no logró encontrar ni un indicio de sus pensamientos, ni siquiera de los más insubstanciales. Trató de profundizar en sus emociones, sus recuerdos, pero no halló absolutamente nada. Había pasado tanto tiempo, que había olvidado cómo soñar.
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