sábado, 12 de enero de 2013

Un encuentro a medianoche. Parte 2


Se relamió los restos de sangre que le resbalaban por la boca. El pequeño conejo había corrido por salvar su vida, pero no lo suficiente para evitar su muerte. Su sangre fresca y su deliciosa carne habían servido para aliviar su hambre y su sed, pero eso sólo era un pequeño aperitivo. Necesitaba más. Alzó la cabeza para divisar alguna otra posible presa y su olfato captó la presencia de un olor dulce y diferente. Un olor humano. Movido por su ansia de sangre echó a correr por el espeso bosque en dirección a aquel olor tan apetecible. Estaba cerca. Podía oír los latidos de su inocente corazón.

Ella se paró en seco ante el enorme lago. Al final reconoció lo que llevaba negando desde hace rato. Se había perdido. Se dirigió hacia las aguas cristalinas y se agachó para lavarse el rostro. Estaba sudando por el terror y su corazón le latía a mil por hora. “¿Quién me mandaría adentrarme en el bosque de noche y sola?” se preguntó. Definitivamente era imbécil. Estaba contemplando la superficie tranquila del lago cuando de repente sintió un escalofrío que le puso los pelos de punta. Tenía la sensación de que alguien o algo a sus espaldas la estaba observando. Lentamente se puso en pie y se giró. Entre los árboles logró ver a la luz de la luna unos ojos aterradores que la miraban. Ella quería gritar, pero no fue capaz de pronunciar sonido alguno; quería correr, pero sus temblorosas piernas no le respondían. La bestia dio un paso y pudo verla con claridad. Era una criatura enorme de aspecto parecido al de un lobo, pero más fiero. Restos de sangre se deslizaban por los colmillos hasta precipitarse por la barbilla y finalmente caían sobre la hierba. Tenía una mirada petrificante y extrañamente humana. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió que sus piernas le respondieran y comenzó a correr como nunca antes lo había hecho. Notaba como la inmensa criatura la perseguía. Sabía que no iba a poder aguantar mucho más. Tarde o temprano la alcanzaría.

La presa era rápida, pero él lo era más. De pronto un obstáculo en el camino provocó la caída de su presa. Era el momento, no podía dejar escapar la oportunidad. Se acercó a ella y empezó a olerla. Era un olor delicioso. Miró sus ojos asustados. Sin saber por qué le parecían curiosamente familiares. La presa estaba aterrorizada y eso le gustaba. Le atraía el olor del miedo. Disfrutaba con el sufrimiento y los gritos de dolor de sus víctimas. La presa intentó levantarse, pero él no se lo permitió. Hincó sus afilados dientes en su carne. La presa chillaba y se retorcía, pero era en vano. Él succionaba su sangre lentamente y devoraba su blanda y deliciosa carne, hasta que su corazón dejó de latir y su respiración se detuvo.

La luna los contemplaba atentamente desde el cielo nocturno, observando la escena en silencio.

4 comentarios:

  1. La luna, que hermosa testigo para esa escena...
    Me gusto mucho.
    Saludos!


    Desde la oscuridad. Honey Minage.

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  2. Wow, me ha sorprendido el final, pero realmente me ha gustado un montón!
    Un beso, me paso ♥
    PD: Aprende a bailar bajo la lluvia

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