La llama se apaga lentamente, pero entonces, con un destello
breve y luego con una llamarada que ilumina todo el lugar, vuelve a recobrar la
vida. Despacio, el calor va entrando en mis huesos y derrite todo el hielo que
ocupa mi mirada.
Otra mirada, felina, me observa desde las sombras inquieta.
-Acércate a la chimenea, preciosa.-Le insto.
La gata se adelanta un paso, y al instante corretea a través
de la alfombra y de un salto se coloca en mi regazo. El calor que desprenden
las llamas también le producen un efecto calmante y placentero. Yo sólo escucho
su dulce ronroneo y el eterno crepitar del fuego. Es un día como cualquier otro,
durante una fría mañana de invierno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario