El mundo se cae a pedazos.
Cuando miro a mi alrededor todo lo que veo es guerra,
destrucción y conflictos, todo eso producto del odio que se encierra en lo más
profundo de nuestro ser. No me gusta vivir en un mundo así, ¿acaso lo
merecemos? ¿Merecemos una vida de sufrimiento y miedo? No voy a decir que todos
somos iguales, porque es mentira, cada uno es diferente y eso es lo que nos
hace especiales. Pero lo que sí es verdad, es que tenemos el mismo derecho a
vivir felices. Debemos aprender a convivir, pero eso será imposible si nos
empeñamos en ver el lado oscuro de las cosas, lo peor de todos nosotros y en creernos superiores. Un
soldado no es más que un humilde campesino. Un presidente no es más que el
pueblo. No es tan difícil de entender. Pero, afortunadamente, siempre hay
pequeños detalles que me animan seguir creyendo en un mundo mejor, por muy
utópico que suene. No voy a darme por vencida creyendo que todo se va a pique,
porque eso es demasiado fácil. Y si todos ponemos un poco de nuestra parte
sonriendo, ayudando, obrando bien y dejando el odio a un lado, puede que el
mundo no sea tan malo como parece.
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