Respiré hondo y miré al cielo una vez más. La gente se
apelotonaba sin dejar casi ni un espacio libre, todos estaban eufóricos,
felices. Contemplé los farolillos elevarse y juntarse con las estrellas
mientras recordaba lo que me habían contado sobre esa tradición.
“Tienes que pedir un deseo y soltar el farolillo, dejarlo
libre. Cuando llegue al cielo tu deseo se cumplirá”
Un deseo. ¿Tenía yo un deseo? ¿Qué era lo que más anhelaba en este mundo?
¿Lo que siempre he querido que sucediese? Miré mi linterna todavía en mis manos,
esperando poder alzarse junto con sus compañeros y cumplir lo que sea que le
pidiese. ¿Un deseo? Sí, ya lo tenía.
Volví a respirar hondo. Mis manos me temblaban cuando dejé
volar mi deseo guardado en ese farolillo. Los sueños a veces se cumplen, y
esperaba que ese también lo hiciera. En ese momento, en el cielo había cientos,
o miles de ellos. Miles de deseos que flotaban en el aire producto de una mente
colmada de imaginación y esperanza.

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